Si los Gobiernos no acaban con la guerra, hay que acabar con los Gobiernos

El Capitán Franco solicitó permanecer en las Fuerzas Regulares Indígenas, pero no había vacante de dicha graduación. Se le permitió permanecer como excedente, es decir, a la espera de una baja de su rango. Mientas tanto se le designó Capitán Pagador, un cargo que ningún “africanista” (más adelante se explicarán las circunstancias de dicha denominación) deseaba, por considerarlo burocrático, envuelto en alta responsabilidad y centro de quejas de los que consideraban que arriesgar la vida debía estar mejor remunerado. Lógicamente esto excluía a los mercenarios marroquíes, que ya se explicó que obtenían una buena paga. La vacante no tardó en producirse y Franco obtuvo su propio tabor, unidad equivalente a un batallón. Tras la conquista de Tetuán, que muchos consideran el fin del episodio denominado “Guerra de Melilla”, era preciso asegurar la comunicación con Tánger, como antes lo había sido abrir paso hasta Tetuán. En ambas etapas participó Franco. Además la comunicación con Tánger dejaba incomunicados a los rifeños rebeldes. En 1915 una posición marroquí resultó especialmente resistente. Estaba atrincherada y desde ella francotiradores abatían a las tropas que debían caminar en fila india, por la ladera de un farallón. Así que llamaron al entonces Capitán, especialista en despejar posiciones rebeldes. Como no se podía rodear ni rebasar, sólo cabía el asalto frontal. Y así lo ordenó. Exigía a sus oficiales que encabezaran los asaltos. Los marroquíes sabían diferenciar perfectamente los uniformes regulares de los oficiales españoles de los de los “regulares” (en realidad, mercenarios) indígenas. Así que las bajas fueron atroces, un tercio de la oficialidad. 

Quizás porque comprendió que se precisaba un apoyo de fuego, o para justificar quedarse atrás, mientras los demás avanzaban, tomó el fusil de un soldado abatido (los oficiales sólo usan armas cortas y, en todo caso, la espada) y, rodilla en tierra, comenzó a disparar sobre los atrincherados. En esta situación recibió un disparo en el vientre. Quedó inconsciente, y todos pensaron que había muerto. O que no tendría salvación, dadas las temperaturas y capacidad infecciosa de Marruecos. Así pasaron varias horas. No podía hablar. Por fin consiguió levantar la mano, y los camilleros comprendieron que no podían continuar ignorándole. Cuando se acercaron sacó del bolsillo un fajo de billetes y la nómina del Regimiento. Es un detalle significativo de la personalidad de Franco: desconfiaba de todos, su prudencia era obsesiva, pero tenía fe ciega en su propia suerte ¡prefería entrar en combate llevando en el bolsillo la “caja” regimental que arriesgarse a que se la robaran en su ausencia! Se ha escrito que consecuencia de la herida le extirparon un testículo. Es posible que se trate de una leyenda para hacerlo parecer a Hitler, que fue herido en el bajo vientre en la 17ª ofensiva italiana de Caporetto, y tras su recuperación, remitido a un hospital civil de enfermedades venéreas. Pero una herida de bala no justifica tal traslado: podía ser atendido por la Sanidad Militar, que tiene gran experiencia en este tipo de heridas. Hay motivos suficientes para suponer que, en realidad, padecía sífilis. En Viena vivía en el barrio judío, el más barato de la ciudad. Sus amigos eran judíos. Como no era capaz de vender sus acuarelas, de las que se creía un genio, pedía frecuentes préstamos a usureros judíos, que no podía atender. 

Decidió marcharse a Berlín, quizás para probar si allí podía colocar sus cuadros, porque ya le era imposible pedir más préstamos o continuar sin pagarlos, o porque había recibido una citación de alistamiento, y el se consideraba, entonces, pacifista. Pero la noche anterior decidió emborracharse, como hizo constantemente durante su estrafalaria vida. Lo mismo hicieron sus vecinos judíos, contratando entre ambos una prostituta, también judía. Hitler se enfureció por el escándalo que estaban formando, se cruzaron voces, entró en el cuarto de sus vecinos, que consideraba sus vecinos, se pelearon, los dejó medio inconscientes, y violó a la prostituta. Días más tarde los judíos acudieron al médico, que les diagnosticó sífilis. Les recomendó que localizaran a la prostituta y la llevaran a la consulta, confirmando que era ella la transmisora. El médico le dijo que comunicara la situación a sus clientes y que todos acudieran a su consulta. Pero Hitler no había dejado su dirección. Quizás, aunque lo hubiera hecho, ninguno sentiría la menor obligación de evitarle la tortura de la enfermedad, dado su comportamiento. De ser así, esto justificaría los rasgos de su carácter enfermizo: megalomanía, histerismo, sudor frío, que le hacía perder hasta dos kilos en sus interminables, histriónicos y gesticulantes discursos, y, finalmente, una parálisis hemipléjica, que se trató de justificar con la bomba que el colocaron en la “Guarida del Lobo”, y que acabó con la mayoría del Estado Mayor alemán, librándolo a él porque estaba echado sobre una mesa de pizarra, indicando una posición en un mapa. Pero yo tengo libros con fotografías en las que se observa posturas forzadas del brazo izquierdo, con la mano en el bolsillo de la chaqueta, o entre los botones de la misma o del chaleco, como Napoleón o Julio Iglesias. Y también el odio que desarrollaría hacia los judíos, de los que él, posiblemente, descendiera, ya que hitler significa, en judío askenazi, “gentil”: una contradicción más.

Así como que, cuando comenzó a ser importante, cayó en manos de un visionario, al que le consultaba todos sus planes políticos y militares, por si eran propicios a los astros, como parece que también hacía Reagan. Por lo visto le diagnosticó su enfermedad, con sólo mirarle a los ojos. No se sabe si era curandero u homeópata, pero sí que atendía sus enfermedades. Téngase en cuenta que aún no se conocían los antibióticos, que se empezaron a utilizar masivamente durante la II Guerra Mundial, y constituían un secreto de los aliados, y que el tratamiento de la sífilis, sobretodo cuando ya estaba extendida, era muy aleatorio. Tal vez la enfermedad, la imposibilidad de vender sus cuadros o conseguir préstamos en una ciudad que odiaba a los judíos y tenía prohibida la usura, le llevaran a nacionalizarse alemán e integrarse voluntario en el ejército, para apoyar a los austriacos, que le habían declarado prófugo, así como a su comportamiento temerario en los combates a la bayoneta en los que participó. La verdad de los hechos no se sabrá, porque una unidad de los Escuadrones de Protección de Salas (en siglas alemanas, S.S.) diez años después, cuando comenzaba a ser hombre público, atacaron el hospital e incendiaron todos sus archivos. Por dicha acción en Marruecos Franco fue ascendido a Comandante. Por su baja estatura y voz aflautada le llamaron “comandantín”. Ya de antes le conocían como “el hombre sin las tres emes”, porque no se le conocían miedo (ante el enemigo, aunque era precavido hasta el histrionismo) mujeres, ni misas, ya que, al parecer, era un descreído, como sus hermanos Nicolás y Ramón, que se sospecha que eran masones.

Quizás a alguien le pueda parecer imposible que quién asistió a tantas misas y dijo luchar en defensa de la religión católica fuese un descreído. Fa-Ra-Oj significa “la Casa Grande de Ra”. Es decir, el templo del Dios Sol. Como, durante la XVIª dinastía, los faraones eran los Sumos Pontífices de Ra, también llegó a significar “palacio real”, puesto que el mismo edificio servía para ambas funciones. Y también el nombre de una isla, toda ella monasterio de Ra, en cuyo honor una enorme fogata lucía día y noche, sobre una torre, para hacerla más visible, y que guiaba a los barcos hasta lo que los griegos llamaron Náucratis y, Alejandro Magno, Alejandría, a la isla, Faros, y a los reyes egipcios, faraones, deformación del nombre de su palacio, templo o convento. Por el contrario, los griegos llamaban basílica, a los edificios donde se impartía justicia, se reunían las asambleas o ecclesiam (de donde proviene la palabra “iglesia”) y el Consejo (o Boulema, por lo que cualquier proyecto de Ley se convertía en un pro-boulema, o problema, a resolver) se efectuaban las votaciones o se administraba la República, porque, anteriormente, habían sido palacios reales, o de Basileios. Cada faraón hacía una relación exhaustiva de todos los tesoros que constituían su ajuar funerario. No se ha encontrado ninguna tumba intacta: todas fueron violadas. Incluso la de Tut-Ankj-Amón, cuyo sello estaba roto, aunque no el resellado. Según se inscribió en el interior, fue el Sumo Pontífice de Amón quien ordenó devolver el tesoro robado y resellar la tumba, que se encontró sepultada entre cascotes de los trabajos de cantería de las tumbas superiores, por encima del nivel del suelo, en el farallón del Valle de los Reyes. Se sospecha que Tut-Ankj-Amón murió asesinado por el Comandante en Jefe de su ejército, que reinaría como Seti I, tal vez porque intentó volver al culto del Dios Atón, inventado por su suegro.

        Estudios muy recientes del acido desoxiribonuecleico de una tumba anónima, que se sospecha que perteneció a Ak-En-Atón, establecen la hipótesis de que, en realidad, fuese su hermano mayor. Lo cierto es que en la mayoría de los casos, la relación de objetos del tesoro eran exactamente las mismas de padres a hijos. De ahí se pueden sacar varias conclusiones. La primera es que los ajuares funerarios constituían una especie de Reserva del Estado, como las estatuas de oro de los Dioses griegos, que se fundían en tiempos de necesidad, aunque para ello hubiese que pasar por encima de los sacerdotes, que estaban juramentados en defenderlas. La segunda es que los faraones robaban los ajuares funerarios de sus padres. La tercera es que les importaba un comino si con ello condenaban al sufrimiento eterno a sus padres, que no podrían disfrutar del paraíso como se habían merecido, por ser faraones. Y esto significaba que sus hijos podrían hacer lo mismo con ellos. Es decir, no creían en su propia religión. Pero nada de esto sería posible si no contasen con la colaboración imprescindible de, al menos, los Sumos Pontífices (a los trabajadores que debían sellar las salas del ajuar funerario se les asesinaba, en la mayoría de los casos, para que no pudieran testificar lo que habían presenciado, convirtiendo la tumba de los reyes en tumbas de simples obreros asesinados: otro sacrilegio más) el último en abandonar las tumbas, limpiando las huellas con una rama de un árbol especial (¿no recuerda esto la tradición del árbol de Navidad?) para que los espíritus del mal no pudieran guiar los pasos de los ladrones de tumbas, que, en realidad, eran él mismo y el nuevo faraón. Se supone que dicha rama contenía esporas de un hongo que también se ha encontrado, con efectos mortíferos, en algunas tumbas de aristócratas cristianos del siglo XIII (¿relacionados con los templarios?) que pueden sobrevivir siglos, atacando los pulmones, con consecuencias letales para los enfermos cardiovasculares, asmáticos o alérgicos.

Es decir, que no sólo los faraones, sino que ni los Sumos Pontífices creían en su propia religión, de la que vivían tan ricamente. Entonces ¿quién creía en su religión? Pues el pueblo. Servía para amedrentarlo, auténtico terrorismo, para mantenerles en la obediencia, para que aceptaran el poder del rey y de los sacerdotes, la recluta obligatoria para el ejército, la construcción de canales, acequias, albercas, cisternas, carreteras, pirámides, tumbas, murallas, el sol del desierto, la sed en la sequía, el hambre durante las malas cosechas, las guerras, el látigo, la injusticia y la esclavitud, con la esperanza de un mundo de ultratumba paradisíaco, que compensara todas las injusticias padecidas en el mundo real. En 1916 el Comandante Franco fue trasladado a Oviedo, una pequeña ciudad muy clasista, con muy pocos lugares de reunión a los que pudieran acudir las fuerzas vivas. Allí trabó contacto con la clase dominante, un círculo muy reducido, elitista, que mantenía insalvables diferencias con sus “inferiores”. Entre los poderosos estaba la familia Polo, a la que pertenecía la que llegaría a ser su esposa, al parecer por intercesión del propio rey, puesto que un militar, sin fortuna, podía admitirse como contertulio de café o de salón, coincidir con él en el teatro, gustar su sonrisa, su mirada penetrante e inteligente, sus socarronas respuestas, a la gallega, sin comprometerlo nunca, dejando pensar al interlocutor que estaba de completo acuerdo con sus argumentos, pero no tanto como para entrar en el sagrado ámbito de la familia, a la que había que aportar capitales para descorrer los cerrojos. A finales de 1916, en Rusia, el Frente se desmoronaba. Así que se llamó al zar para que su presencia realizase el milagro reverencial de enaltecer a los soldados en defensa de la patria. Pero los tiempos habían cambiado. Ver morir en las trincheras a millones de hombres hace dudar de la existencia de los dioses, de qué parte de la guerra están, y si la patria o el zar merecen semejante sacrificio ¿Quién le dijo al zar que se metiese en semejante lío?

Si no creía en la democracia, si no consentía que la Duma le diera consejos, que un Parlamento legítimo tomara las decisiones, él era el único y personal culpable. Esto trae el poder omnímodo, las decisiones no consultadas ni consensuadas: la responsabilidad absoluta. Lo único que consiguió el zar fue dejar a la zarina sola en Piotrgrad (“la ciudad de Pedro”, homenaje de los alemanes, sus constructores, que Pedro I, quien ordenó las obras, no quiso admitir, santificándose en Sankt Peterburg, nombre alemán que era injustificable en tales momentos, y que, sin embargo, la actual dislocada República Federativa Rusa, ha vuelto a aceptar) enfrentada a tareas de gobierno sin la menor experiencia. La hemofilia del heredero, como la del heredero español, empeoraba. Entonces surgió Rasputín, un monje siberiano al que se le achacaban poder hipnóticos. Lo cierto es que su penetrante mirada, sus negras y profundas ojeras, junto a su enorme barba, eran aterradoras. Se decía curandero y adivinador. Diagnosticó la enfermedad del zarevich, que era secreto de Estado, y aseguró que lo curaría. La zarina consultaba con él las decisiones gubernamentales. Incluso le pedía al zar los planes estratégicos para que Rasputín diera su visto bueno profético. Se dice que mantenía relaciones sadomasoquistas con la zarina, azotándola, torturándola y violándola (lo mismo se decía respecto de la alemana Catalina II La Grande, de soltera Sofía Augusta, reina viuda de Rusia, y, al menos, uno de sus amantes, también monje siberiano, al que se sabe que fue a buscar a su monasterio cuando la abandonó, aceptando todas las penitencias que le aplicó por haberle hecho pecar, hasta que se aburrió de dicho tratamiento) como penitencia para conseguir la curación de su hijo. Comprendiendo que, de este modo, no podrían influir en el Gobierno, aprovechando la ausencia del zar, un grupúsculo de aristócratas liberales invitó a Rasputín a té y pasteles envenenados por arsénico. En épocas anteriores era habitual tomar arsénico en pequeñas dosis para inmunizarse contra posibles envenenamientos.

Pero a Rasputín parecía gustarle aquel saborcillo, porque se tomó dos docenas de pasteles, y seguía jugando con el tirador de oro de una cómoda, incrustada de marfil, abriendo y cerrando el cajón. Así que uno de los conjurados sacó su revolver y le propinó dos disparos. Al darse la vuelta, creyendo que habían cumplido su propósito, “el muerto” resucitó, de un salto, bajó corriendo las escaleras, cruzó el jardín gritando “¡se lo diré a la zarina!” y se encaramó a lo alto de una elevada verja, donde le alcanzaron y dispararon. La autopsia reveló siete impactos de bala, aunque no había muerto por ellos. Cayó desde aquella altura directamente al suelo, le envolvieron en alambre de espino y lo arrojaron al congelado río Nevá. Los forenses dictaminaron que había muerto congelado, porque no encontraron agua en los pulmones. En realidad existe un mecanismo natural que impide que entre agua en ellos. Claro que, para que funcione, hay que estar vivo e inconsciente, y, al final, se produce la asfixia, que es de lo que mueren la mayoría de los “ahogados”. Es posible que muriese por la misma disección, al extraerle el cerebro. Se dice que los monjes tibetanos son capaces de resistir la congelación, e incluso de “resucitar” a congelados. No se sabe si Rasputín también tenía tal capacidad. Lo cierto es que desapareció de la vida de la zarina, de la de Rusia, de la suya propia, y, es de esperar que de cualquier otra. La zarina quedó desolada y aterrorizada: no volvió a confiar en nadie más y se encontró incapaz de tomar ninguna otra decisión. En Francia el agotado Mariscal Joffre fue sustituido por el parlanchín Nivelle, que convenció a todos de que era capaz de conseguir la victoria francesa. El 23 de febrero de 1917 inició una ofensiva que costó 120.000 hombres en 5 días, sin avanzar terreno. Los soldados franceses declararon que no podían aguantar más y abandonaron las armas. La censura de prensa impidió que esto llegara a conocerse.

Mientras tanto, los británicos iniciaron una ofensiva en el norte, tremendamente costosa e ineficaz, con objeto de que a los alemanes no se les ocurriera atacar en el Frente central, comprobando lo que estaba ocurriendo. Nivelle fue sustituido por el Mariscal Petain, el que había conseguido parar a los alemanes en Verdun, con la consigna de “¡No pasarán!”, al precio de 542.000 franceses contra 434.000 alemanes. Con buenas palabras, perdones y fusilando a varios cientos de soldados, impuso el orden dos semanas después. En Alemania no iban mucho mejor las cosas. El bloqueo británico y la larguísima movilización militar habían traído el hambre, y la entrada de Estados Unidos en guerra, con la amenaza de incorporar tropas de refresco, hacían al país ingobernable. En Rusia el hambre era atroz. Diariamente se realizaban manifestaciones pidiendo pan. Igual que ocurría en Francia en tiempos de Luis XVIº y la austriaca Mª Antonieta. Como la mayoría de los hombres estaban en el Frente, y los que trabajaban no podían perder repetidos días de salario, las hacían las mujeres. En reverencial respeto, los obreros no osaban llegar a los barrios pudientes de Piotrgrad, recorriendo repetidamente las zonas de los trabajadores y las industrias, en la orilla izquierda del Nevá. Hasta que un día los hombres decidieron cruzar el río, y llevaron la manifestación a la margen derecha, a los propios palacios de los ricos. La conmoción fue indescriptible, hubo reprimendas a todos los niveles. Al día siguiente la policía estaba apostada en la Perspectiva Nevsky. Los manifestantes intentaron cruzar el puente de nuevo, pero les recibieron a balazos, causando varios muertos. Al día siguiente todo se repitió, sólo que algunas mujeres también optaron por cambiar de orilla. Cada una tomó del brazo a dos hombres, y así se dirigieron a los barrios ricos.

La policía no sabía qué hacer y, en la duda, los dejaron pasar, siendo vitoreados por los manifestantes. Aquella noche hubo fusilamientos de policías. Se les tuvo despiertos toda la noche, intercalando reproches y arengas. Como no se confiaba ya en ellos se llamó a los kozaks, deformación de un palabra que puede significar “jinete” u “oriundo de Kazastán”. A la mañana siguiente volvieron los manifestantes. La policía estaba alineada frente al puente. Tras de ella, a caballo, los kozaks con el sable al hombro. Envalentonadas por la experiencia del día anterior, esta vez más mujeres se atrevieron a pasar el Nevá. Cada dos de ellas se agarraron a ambos brazos de cada hombre. Al llegar a la mitad del puente la policía descargó sus fusiles. A los kozaks no se les había prevenido de tal situación. Así que, horrorizados, atacaron a los policías. Los manifestantes creyeron que habían tomado partido a su favor, por lo que todos se lanzaron al asalto de la policía, que, tras una breve lucha, también terminó uniéndose a ellos. La zarina fue informada de lo que ocurría, recomendándosele que llamara al ejército para reconquistar la ciudad. Hizo algo mejor: tomó el tren imperial y a sus hijos y se dirigió al Frente, para informar directamente a su marido. El Gobierno se le anticipó e hizo lo mismo por telégrafo, que es lo que debieran haber hecho antes, sin consultar con la aturdida consorte real. El zar tomó otro tren, en dirección contraria, para reunirse con su esposa a medio camino. El Estado Mayor, enterado de lo que ocurría, tomó otro tren para impedir que el zar abandonara el Frente, lo que podría tener desmoralizadoras consecuencias en la tropa, interpretando que huía, que los abandonaba, o que la revolución había estallado, como así era: es lo que se llamó la segunda revolución rusa. Lenin, que había tomado el tren antes que ninguno, desde su exilio en Suiza, cuando se enteró de lo que ocurría no podía crédito a lo que leía

¿Es que nadie había comprendido que la situación era revolucionaria? ¿A nadie se le había ocurrido tomar la dirección de lo que ocurría? Como escribiría más tarde, el poder estaba en la calle y a nadie se le ocurrió cogerlo. El Estado Mayor, durante el trayecto en el tren, debatió sobre la situación, y llegó a una sola conclusión. Cuando se encontraron con la familia real le expusieron al zar que, por el bien de Rusia, debía dimitir, cediéndole el poder a ellos, lógicamente. Ellos, a su vez, lo entregarían a un Gobierno Provisional que constituyera una República y decidiera si debía rendirse o continuar la guerra. Es decir, dejar la decisión a otros. Quizás sin renunciar a retomar el poder, incluso para el zar, cuando la guerra terminase. Así se hizo. No podían entregar el poder a la aristocracia, a los grandes terratenientes, porque todos considerarían que nada había cambiado, que todo seguía igual. Escogieron a los “cadetes”, así llamados por las siglas, en ruso, de su Partido, K.D.T., Partido Constitucional Democrático. Eran un pequeño grupúsculo liberal, de escasa representación, lo que carecía de importancia, ya que nadie confiaba en la representatividad del sistema electoral ruso, mientras se realizaron elecciones. Finlandia aprovechó el caos para declararse independiente. En honor a los “cadetes” hay que reconocerles que convocaron elecciones constituyentes para la República, aunque no se atrevieron a tomar ninguna determinación sobre la guerra hasta después de dichas elecciones. Sólo ha habido dos elecciones auténticamente democráticas en Rusia hasta la actualidad: aquella de 1917 y la convocada por Lenin en 1921. Si tomaron opción los generales reaccionarios: su sentido de clase, que es internacionalista, estaba, lógicamente, por encima de su patriotismo. Así que abandonaron sus posiciones al enemigo y se dirigieron contra Piotrgrad.

Los “cadetes” no podían nada contra ellos, así que llamaron en su ayuda al Partido Socialdemócrata, a cambio de un Gobierno de coalición. Este llamó a los “bolcheviques” (que en ruso significa “mayoritarios”, porque en el Congreso de 1905 habían constituido la candidatura más votada, pero los “mencheviques” o minoritarios, se habían mantenido con el control del Partido, al pactar con los nacionalistas judíos y los fineses; Lenin les reprochó que habían cometido un error histórico y que pagarían por ello) que, abandonando también sus posiciones en el Frente, defendieron con éxito la capital de la República. Lenin no podía comprender lo que estaba ocurriendo ¿Cómo apoyaban a los liberales si eran ellos los que controlaban la situación? ¿Si podían establecer, directamente, un Gobierno socialista? Era necesario que se hiciese oír directamente, convencer a los demás de lo que debía hacerse. Así que entró en contacto con el embajador alemán y le propuso cruzar toda Alemania con la promesa de firmar un armisticio, si conseguía adueñarse del poder. En realidad era lo mismo que habían hecho el 12 de abril de 1916, cuando llevaron en submarino a Roger David Casement a Irlanda. El 24 se produciría la “Rebelión de Pascua” en Dublín. Tras una semana de batalla callejera los principales dirigentes de “Nosotros Mismos” (en irlandés Sin Fein) entre ellos Casement, y de su organización guerrillera, el Ejército Republicano Irlandés (en siglas, en inglés, I.R.A.) fueron sentenciados y ahorcados. Mientras que le llegaba la respuesta Lenin escribió sus Tesis de Abril, en las que se oponía a la colaboración con los liberales, e incluso con los “mencheviques”, y el libro “¿Qué hacer?”. En las elecciones venció el Partido Socialdemócrata, como era de prever, ya que eran los únicos que prometían el armisticio, en cuyas listas habían impuesto a mayoría de “mencheviques”.

Pero, tras del triunfo, amenazados por los “aliados”, pospusieron la paz hasta conseguir un triunfo que respaldase mejores condiciones de negociación, recuperar todo el territorio perdido. Siguiendo las recomendaciones de Lenin los “bolcheviques” abandonaron el Partido, y fundaron uno nuevo: el Partido Comunista. Denunciaron el incumplimiento de la promesa electoral y se proclamaron dispuestos a la revolución, por lo que los socialdemócratas, anteriormente aspirantes a la revolución, declararon ilegal tal Partido y persiguieron a sus dirigentes. Los alemanes decidieron que, en todo caso, les convenía estimular la revolución en Rusia, fuese cual fuese el resultado de la misma. El viaje se realizaría en un contenedor sellado, con instrucciones especiales para que no se inspeccionase. En cada estación les esperaba un destacamento de la policía y del ejército, no sólo para que no se abriese el wagon, sino para impedir que nadie saliese del mismo. Al pasar la frontera danesa, en la que no había guerra, hicieron trasbordo a un tren de pasajeros. Después cruzarían en barco hasta Suecia. De allí, en tren de pasajeros, nuevamente, hacia Finlandia y Rusia. La policía finesa consiguió información de lo que estaba ocurriendo, trató de detenerlos, pero no pudo localizarlos. Sólo cuando estaban próximos a la frontera descubrieron el tren en el que viajaban. Así que, por aquello del internacionalismo de clase, olvidando sus antiguas persecuciones de cuando eran terroristas nacionalistas separatistas, se lo comunicaron a la policía secreta rusa. En Piotrgrad esperaban al tren policía y tropas escogidas. Pero el Partido Comunista convocó una manifestación para recibirles y no pudieron hacer nada, puesto que se habría convertido en una carnicería, de incierto resultado, salvo el de desprestigiar al Gobierno.

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