La oposición se organiza

  

          La cruel represión por los sucesos de la Semana Trágica de Barcelona, en la que tuvo directa responsabilidad el Ministro de Gobernación, Juan de la Cierva y Peñafiel, fue criticada por todos, obligando a Maura a dimitir como Presidente del Gobierno. Alejandro Lerroux, un aventurero, había ejercido como periodista en El País, El Progreso, La Publicidad, El Intransigente y El Radical, con un estilo agresivo, anticlerical, populista y demagógico, lo que le llevó varias veces a la cárcel. También estuvo implicado en muchos duelos, propiamente románticos. Todo ello le dio fama y muchos seguidores,  parte de ellos entre los obreros. Se le llegó a denominar “Emperador del Paralelo”, zona barcelonesa de prostitución. Era seguidor de Ruiz Zorrilla, quien decretó la libertad de enseñanza y la expropiación de bibliotecas y archivos religiosos tras la Revolución Gloriosa, de 1868, fue miembro del Partido Progresista, más tarde del Partido Radical, fundador del Partido Republicano Progresista y, en 1883, de la Asociación Republicana Militar, que pretendía derrocar el régimen canovista mediante un golpe de Estado, que intentó, ese mismo año, en Badajoz, en 1886 en Cartagena y, en Madrid, junto al General Villacampa, acercándose a Salmerón hasta su muerte. En 1903 éste fundó Unión Republicana, junto con Lerroux, reclamando la restitución de la Constitución de 1869, la única que admitían como legítima, la restauración republicana, cuya abolición proclamaban que fue ilegal, y la convocatoria de Cortes constituyentes. Salmerón, que había defendido la legalización del anarquismo en 1871, unitarista mientras fue Presidente del Poder Ejecutivo, durante la I República, opuesto al federalismo, evolucionó hacia el regionalismo, abandonó la Unión Republicana y dirigió Solidaridad Catalana, con éxito arrollador.

            Lerroux, disconforme con la tendencia hacia el nacionalismo catalán, también lo abandonó, fundando el Partido Republicano Radical en 1908, en el que se integrarían Julián Besteiro, Giner de los Ríos y Pío Baroja. Las implicaciones de Lerroux en corrupciones políticas le hizo perder apoyos populares, lo que le llevó a posiciones demagógicas, entre ellas aceptar el nacionalismo catalán o acercarse a los anarquistas, a los que apoyó durante la Semana Trágica, incluyendo sus asaltos e incendios de conventos e iglesias. Llegó a arengar la violación de las monjas, a que les subieran los hábitos y elevasen a las hermanas a la categoría de madres. Igual demagogia agresiva, igual incitación a la violencia, incluso la sexual, casi con las mismas palabras, serían dirigidas por el General Queipo de Llano a los falangistas, respecto de las mujeres de los trabajadores. La Sección Española de la Asociación Internacional de los Trabajadores (A.I.T.; más tarde se conocería como Primera Internacional Obrera, para distinguirlas de las subsiguientes) pasó a constituirse como Federación Regional Española en 1870, sufriendo las consecuencias de los enfrentamientos entre las tendencias marxistas y anarquistas, hasta el punto de disolverse. La rama anarquista se reconstruyó como Federación de Trabajadores de la Región Española en 1881. Más tarde se transformó en la Organización Anarquista de la Región Española, O.A.R.E.. La revista Solidaridad Obrera (la “soli”) como reacción al incremento del sindicalismo de corte marxista, aunque evolucionado hacia la socialdemocracia, que representaba U.G.T., impulsó desde sus artículos la necesidad de avanzar hacia el anarco-sindicalismo, menos revolucionario y más enfocado a resolver los problemas inmediatos de la clase obrera, para antes de que el comunismo libertario fuera posible.

Como resultado de ello se creó la Confederación de Solidaridad Obrera, que hizo un llamamiento de integración a todos los sindicatos no marxistas. Entre ellos estaban muchos sindicatos católicos, cristianos, cooperativas católicas de productores (las que no estaban dominadas por aristócratas o jerarcas eclesiásticos, a base de importantes donativos) e incluso sindicatos amarillos, creados o propiciados por los propios empresarios para cortar el paso al sindicalismo verdaderamente combativo. La falta de resultados, a medio plazo (el exceso de ambición de los patronos, que prefirieron descubrir su juego a ceder derechos o mejorar salarios y condiciones de trabajo de modo continuado) y la falta de perspectivas de la doctrina social de la Iglesia, o de todos los que negaban la evidencia de la lucha de clases, patente en el desempleo, con sus lacras de marginación y desamparo, así como en las situaciones de enfermedad, accidentes, viudedad, orfandad, etc., les llevó a integrarse en dicha confederación, que, en su segundo congreso, celebrado en 1910, adoptó el nombre de Confederación Nacional del Trabajo. La situación en Marruecos mejoraba poco a poco, aunque muy lentamente. Descontentos con la sumisión del sultán a las potencias extranjeras, los habitantes de los montes del Rif, bereberes tarifit, se declararon independientes y lucharon contra todos. El ejército español, en vista de ello, amplió las fortificaciones de Melilla, con nuevos puestos avanzados. Los rifeños consideraron que se había rebasado la línea fronteriza, aunque el acuerdo con el Sultán de Marruecos, Francia y Gran Bretaña, lo consentía, y atacaron a los trabajadores que realizaban tales obras de fortificación. Las tropas españolas que los protegían respondieron, causando algunas muertes de marroquíes.  

No obstante, los Gobiernos español y francés, posiblemente a cambio de la promesa de entregarle armas, o mucho dinero -con lo que también se puede comprar armas- consiguieron de su cabecilla la cesión de la explotación de minas de hiero y la construcción de un ferrocarril que uniera las mismas con los puertos dominados por los europeos. Los rifeños se sintieron traicionados, asesinaron a sus dirigentes, atacaron a los trabajadores españoles que construían el ferrocarril desde Melilla a Nador, y contingentes armados ocuparon posiciones en el monte Gurugú (así llamado porque su visión de la bahía de Melilla es muy similar al cántabro de igual nombre) desde el que podrían bombardear, si hubiesen contado con artillería, la ciudad española. Los intereses mineros españoles, encabezados por Alvaro de Figueroa, Conde de Romanones, y los franceses, que amenazaban con actuar directamente en la zona española si las tropas de España se mostraban incapaces de solucionar la situación, exigieron la movilización de reservistas, lo que ocasionó masivas protestas en todo el país, que llegaron a su punto culminante durante la Semana Trágica de Barcelona, ya comentada. Tras la cual, al embarcar en Barcelona, los reservistas, padres de familia en muchos casos, recibían escapularios de manos de damas de alta alcurnia, al pie de la escalerilla, que escupían y arrojaban al mar mientras subían a los buques. En una acción nocturna se atacó a los rifeños, que retrocedieron hasta refugiarse en el monte Gurugú. La columna, en posición desfavorable, se encontró atascada en el barranco de El Lobo, de abruptas escarpaduras, que desconocían. Murieron entre 1.000 y 1.500 militares españoles, entre ellos el General que la mandaba y un tercio de los oficiales, víctimas del propio desconcierto producido, entre el fuego cruzado de ellos mismos, los despeñamientos, los degüellos y disparos desde posiciones más elevadas efectuados por los marroquíes, que sí conocían tal entorno.

Pero, sobretodo, al ordenarse la retirada sin contar con la cobertura de fuego de artillería. Con la llegada de los reservistas, 40.000 hombres consiguieron conquistar el monte Gurugú -lo que costó la vida a otro General- las zonas aledañas a Melilla y las minas de hierro. Ambos contendientes se mostraron hastiados por los mortíferos enfrentamientos estivales, por lo que el Gobierno ordenó entablar negociaciones con los cabileños, acordando reducir la intensidad de los combates, alejarlos de las zonas mineras o de soberanía española, a cambio de la repatriación de la mayoría de las fuerzas enviadas. Nadie consideró que había sido una rendición, ni hubo manifestaciones alegando “no en mi nombre” ni se pidieron las ¿actas? de tales ¿conversaciones? Esto significaba renunciar a un proyectado desembarco en la bahía de al-Joceima (en español Alhucemas, que significa “espliego”) el centro del núcleo independentista, a mitad de camino entre Ceuta y Melilla. Así se contuvo el proceso de protesta, para que no llegase a poner en peligro la continuación del turnismo. Primo de Rivera seguiría considerando tal alternativa de desembarco, de ataque en el propio centro del Rif, como la “solución definitiva”, como si fuera posible evitar que Marruecos consiguiese el autogobierno. La guerra de Cuba, en algunos, no había producido ninguna enseñanza.

Era por entonces Presidente del Gobierno el ferrolano Canalejas, antiguo republicano, simpatizante del Partido Demócrata Progresista, pero que se en el turnista Partido Liberal, el de Sagasta, aunque por entonces estaba dirigido por Cristino Martos.  Preocupado por la guerra de Cuba, con 43 años, después de haber obtenido notables éxitos como abogado en los litigios de las compañías de ferrocarriles, durante su implantación, ser Secretario General de los Ferrocarriles de Madrid a Ciudad Real y a Badajoz, Ministro de Fomento, Gracia y Justicia, y Hacienda, se alistó voluntario como soldado, consiguiendo una Cruz al Mérito Militar con distintivo rojo. Vuelto a España informó a Sagasta sobre sus impresiones del desarrollo de la guerra, que no fueron escuchadas. Encabezó la corriente izquierdista del Partido Liberal, con la que consiguió la dirección del mismo, sustituyendo a Sagasta, desacreditado por la derrota de Cuba. Como Presidente del Gobierno abolió las tasas municipales conocidas como “contribución de consumo”, una especie de I.V.A. que, como el actual, hacía recargar sobre los trabajadores la mayor parte de los recursos del Estado, aunque no en su beneficio (gastos sociales) sino en el de los ricos: los “bandoleros ambiciosos”, lo contrario de los “bandoleros generosos”, que robaban a los ricos para dárselo a los pobres. Organizó el servicio militar obligatorio. Limitó la instalación de órdenes religiosas, que, expulsadas de Francia, constituían una carga para el país semejante a los inmigrantes indocumentados en la actualidad. Sin embargo aprovechó tal situación para, en la misma Ley, establecer la separación de la Iglesia y El Estado, lo que se denunció por los conservadores como violación del Concordato y la Constitución.

Prohibió el trabajo nocturno de las mujeres y reglamentó el trabajo en las minas. Autorizó la mancomunidad de municipios y diputaciones, que pactó con Prat de la Riba, una vía alternativa a la autonomía o descentralización administrativa. En 1911 estallaron sublevaciones republicanas en Cullera y en el guardacostas Numancia, que reprimió por la fuerza, así como la huelga ferroviaria de 1912. Apoyó la conquista de Marruecos, en paridad con lo que hacía Francia, aunque ésta como menor oposición de sus habitantes. Intentaba acabar con el caciquismo y el fraude electoral, implantando una verdadera democracia, pero tuvo que luchar contra los poderes establecidos, que se lo impidieron. Antes de lograrlo, con los antecedentes expuestos, ese mismo año fue asesinado por el anarquista Pardinas, mientras miraba el escaparate de la librería San Martín, cuando se dirigía, a pie, al Ministerio de Gobernación. Perseguido por los viandantes y la escolta del Presidente, dos de los cuales se habían rezagado y el tercero se adelantó a vigilar el trayecto que debía recorrer, según parece, el criminal se suicidó. Había sido expulsado de Argentina y, sometido a vigilancia en Francia, consiguió burlarla. Canalejas había comentado que temía que lo asesinaran. Hubo tantos fallos en la seguridad del Presidente del Consejo de Ministros que no podrían descartarse otras intencionalidades. Hay teorías que sostienen que pretendía asesinar a Alfonso XIII, que también debía pasar por allí (¿también se dirigiría al Ministerio de Gobernación? Desde luego no lo haría a pie, sería difícil asesinarlo de un pistoletazo contra una carroza, sobretodo si iba cubierta, como correspondía al mes de noviembre) pero, como no llegaba (no parece que el rey debiera pasar antes, si es que iban al mismo sitio, esperando a su Jefe de Gobierno mientras éste se paseaba tranquilamente viendo escaparates) decidió que Canalejas era un objetivo de lustre semejante.

En 1913 el rey nombró Presidente del Gobierno a Manuel García Prieto, lo que originó el rechazo de los seguidores del Conde de Romanones. Con ello tuvo que abandonar el Partido Liberal, fundando el Partido Liberal Democrático, seguidor de la línea de Sagasta. Esto significó que carecía de apoyos suficientes para continuar como Presidente del Gobierno, por lo que el rey lo sustituyó por el Conde de Romanones, propietario de las minas de La Unión, en cuyo beneficio siguió adelante con la política de Marruecos. Pero, al faltarle el adecuado apoyo parlamentario, el rey lo sustituyó por el coruñés Eduardo Dato, ya repuesto de la enfermedad pulmonar que lo apartó de la política. Desde tal posición consiguió la jefatura del Partido Conservador, lo que supuso la escisión entre mauristas y datistas o “idóneos”, como se les denominó. El motivo era que Maura, Presidente del Gobierno durante la primera década del siglo vigésimo, herido en un ataque terrorista en 1903, se había visto obligado a dimitir en 1904, por las continuas injerencias del rey, que abortaba su política reformista, seguidora del regeneracionismo de Silvela. Vuelto al Gobierno exigió al rey la autonomía del Gobierno, pero la Semana Trágica de Barcelona acabó con su prestigio. Cuando el rey volvió a ofrecerle el Gobierno, en 1913, le puso como condición que no se inmiscuyese en los actos de Gobierno. Como Eduardo Dato no puso condición ninguna es lógico la decisión del rey y la escisión de los conservadores. Obsérvese cómo la actitud del rey, al impedir una salida democrática a la situación, insistiendo en el turnismo y la antidemocrática Constitución de 1876 estaba acabando con la credibilidad de los principales dirigentes políticos, los partidos políticos en que se apoyaban y, con ello, el respaldo a la corona, que se quedaba sin opciones alternativas.

En 1911 se crearon las Fuerzas Regulares Indígenas, que, a pesar de su engañoso nombre, en realidad eran mercenarios marroquíes, al mando de oficiales españoles. Su primer jefe fue el entonces Teniente Coronel Dámaso Berenguer. Tenían la ventaja de estar adaptados a la climatología de la zona, conocer el terreno y las tácticas de los suyos, vigilando siempre para no ser sorprendidos. Surgieron las dudas sobre si el elevado sueldo que ganaban sería suficiente para enfrentarse a sus compatriotas. Así que se les empleó con toda dureza contra posiciones difíciles, para poderlos a prueba, ganando fama con ello. Franco ascendió a primer teniente en 1912, por riguroso escalafón y antigüedad, y solicitó en 1913 el pase a las Fuerzas Regulares Indígenas. Posiblemente para resarcirse de todas las humillaciones que había sufrido. A parir de entonces su rumbo en el ejército cambió. Su compañía resistió una carga de caballería marroquí. Se cuenta que, mientras sostenía un vaso de café, una bala lo rompió, asomándose a la trinchera para gritar “¡A ver si tenéis más puntería!” Desde entonces se corrió la voz de que tenía barakka, es decir, suerte (de donde derivan las palabras baraja, Barajas y bacarraj) que es lo mismo que dice el padre de Rodríguez Zapatero respecto del actual Presidente del Gobierno, y en verdad, hasta ahora le está saliendo bien: su presidencia ha perdurado más de la media de los gobiernos democráticos españoles, sólo ha sufrido dos muertes por ataques terroristas, no se le ha caído ningún avión, ni hundido ningún petrolero, ni chocado ningún tren, como en gobiernos anteriores, y disminuye el desempleo.

Con tal renombre se le encomendó a Franco, repetidamente, la limpieza de posiciones abrigadas marroquíes, en lo que se hace un experto, dirigiendo el rebasamiento de sus tropas de dichas posiciones, con lo que impedía su repliegue, y el ataque final a descubierto. Por tales hechos se le ascendió a capitán por méritos de guerra. En 1913 se constituyó la Mancomunidad de Diputaciones Provinciales de Cataluña. Con el poder y competencias que se detraen de éstas se alimenta aquella. Bien pensado no se trataba de una descentralización administrativa, ni una autonomía, sino, en sentido estricto, una centralización, un aumento del poder de Barcelona sobre el de las demás provincias catalanas. Pero la idea era oponerse al poder del Estado, enarbolar la bandera del catalanismo, por lo que su director, Prat de la Riba, lo presentaba como un triunfo de la Liga Regionalista de Cataluña, creada en 1901, y también como un paso, una etapa, en ambiciones que no se colmaban por ello. En 1914 se inició la Guerra Europea, que se transformaría sucesivamente en Gran Guerra y I Guerra Mundial, después de que estallase la II. La madre del rey, al parecer, presionaba para que España se aliase con los imperios Austro-Húngaro y Alemán. Su esposa con Gran Bretaña. Es posible que el rey, siempre fascinado por lo militar, fuese partidario de unirse a los alemanes, igual que en tiempos arcanos, y atacar a los franceses desde los Pirineos. Sobretodo al principio, cuando los fulgurantes éxitos alemanes presagiaban una victoria rápida, una repetición de la que obtuvo Bismark en 1871. 

Claro que entonces el Imperio Francés luchaba sólo, sin el apoyo de Gran Bretaña, lo que, en 1914, los errores diplomáticos, mejor dicho, la ausencia de ninguna diplomacia propia de tal nombre, por parte de Alemania, estimuló tal alianza, a la que se terminarían sumando Italia y Estados Unidos. Sin embargo, durante casi toda la I Guerra Mundial, Alemania mantuvo la iniciativa estratégica, el dominio de inmensos territorios conquistados a sus vecinos (toda Polonia y gran parte de Rusia, entre ellos) y una mucha menor mortandad que sus oponentes. Sólo en los últimos tres meses de la guerra, tras la última ofensiva, que no fue rechazada, sino resistida, incluso con repliegues, la capacidad ofensiva de los imperios centrales se agotó, y un contraataque de tropas estadounidenses, de refresco, con escasa experiencia en combate, aunque con éxitos menores, cuya posición ignoraban, se incrustó en su flanco, obligando a dichos imperios a replegarse en todos los Frentes, pues carecían ya de reservas, materiales y humanas, para tapar los huecos en Francia. Y ello a pesar de haber firmado una paz ventajosa, un año antes, en el inmenso frente ruso, que posibilitó la reubicación de millones de soldados y dicha última ofensiva. En ella fueron determinantes el uso de tanques, cuyo número, calidad, y capacidad para llevarlos a las zonas de ataque o contención, permitió a británicos y franceses embotar el último esfuerzo alemán, y empujarlos sin que pudiesen organizar una eficaz línea de defensa. Pero también es cierto que la inexistencia de una flota española capaz de resistir a la británica impedía decantarse por el lado alemán. Tampoco hubiera sido muy efectivo el ejército español en apoyo del francés: sólo más hombres para poner a los pies de los alemanes, más carne de cañón. Y ello hubiera significado que nuestros buques habrían constituido objetivos de los submarinos alemanes.

Eduardo Dato consideró, que, en tales circunstancias, la opción más inteligente era la neutralidad. Y, efectivamente, nuestros buques pudieron operar con ambos contendientes. Hasta que, muy al final de la guerra, los submarinos alemanes recibieron orden de disparar a los que se dirigiesen a Gran Bretaña o Francia, bajo nuestra bandera. Esto originó protestas diplomáticas y refrenó los ímpetus de los proalemanes, aunque también insufló a los proaliados. Por otra parte, también la Armada británica apresaba buques españoles que se dirigían a Alemania. Pero no los hundían, cuando no eran submarinos, sino buques de superficie, quienes los capturaban: los llevaban a puerto, donde les obligaban a permanecer, salvo autorizaciones especiales en beneficio de Gran Bretaña, tras incautarse de su carga. Y quedaba la esperanza de que, tras la guerra, los devolverían, incluso la ilusión de que compensaran por su inmovilización, la carga incautada y los costos sufridos por buques y tripulantes. Fue, desde la perspectiva económica, la mejor época de España. Excepto los cítricos, tradicional fuente de exportación española, que, en tiempos de guerra, en Europa, podría considerase un lujo, un producto exótico, y su demanda descendió, todo lo demás se vendía a muy buen precio, compensando, incluso, los barcos y cargamentos que se perdieron, aunque, desde una perspectiva de muertes y sufrimientos producidos, ningún ser humano debiera considerarlo aceptable. Por primera vez en la historia de España, y única, hasta ahora, se conseguía superavit en la balanza (balance) de pagos por mercancías. Se vendieron a todos los contrincantes grandes sumas de alimentos, tejidos y minerales. Simultáneamente, dada la demanda de tales países, su imposibilidad de exportar nada, la pérdida de buques que comerciaban con los mismos, España no podía adquirir los productos que habitualmente importaba, fundamentalmente maquinaria y bienes de equipo, ni pagar los elevadísimos precios que alcanzaron.

Así que fue necesaria su sustitución. Se crearon, por tanto, nuevas industrias, y se arriesgaron en mercados hasta entonces desconocidos por los españoles. Tanto ellas como las grandes empresas del sector terciario, fundamentalmente los Bancos, y agropecuario, obtuvieron unos beneficios espectaculares, nunca vistos. Lo que no se había conseguido con la imposición de aranceles de 1906, los más elevados de Europa, ni la Ley de Industrias de 1907. Todo esto, cuando pasó, creó una imagen añorada, idealizada, no suficientemente analizada, que Franco intentó repetir, a favor de los capitalistas, durante la época denominada de autarquía. Pero las circunstancias, tanto durante la II Guerra Mundial, como en el periodo posterior inmediato, eran muy distintas. España no fue, en principio, neutral, sino aliado no beligerante de las potencias nazi-fascistas, lo que suponía cercenar el comercio con los otros contrincantes, si bien Gran Bretaña si continuó comprando, sobretodo mineral de hierro. Francia, nuestro principal comprador durante la I Guerra Mundial, había sido ocupada en su mayor parte. La que quedaba, tras su rendición, contaba con una importante producción agraria, a la que debieron dedicarse sus soldados desmovilizados, ya que carecía de industria adecuada. Alemania compraba su producción, así como la de Italia, que en la I Guerra Mundial pasó a ser su enemiga, además de adueñarse de la de Ucrania o Bielorrusia, mientras las dominó.

 

Por otra parte, Franco debía pagar su deuda de guerra a quienes le habían apoyado, vendiendo armas y petróleo a los rebeldes al fiado (mientras al Gobierno legítimo, democrático y constituciones de la República se le exigía el pago en oro y por adelantado, independientemente de que las armas llegaran a territorio español, incluso cuando fueron requisadas por Francia o hundidos los barcos que la transportaban por submarinos italianos) es decir, a Alemania, a Italia, a Gran Bretaña y a Estados Unidos, lo que se ha calculado en un 15% de las exportaciones del periodo, cantidad superior al tan manoseado “oro de Moscú”. Pero, sobretodo, se carecía de petróleo, que los contendientes necesitaban para sí mismos, y además, evitaban que Franco pudiera reexportarlo a sus aliados nazi-fascistas. Los centrales hidroeléctricas habían sido afectadas por la guerra (in)civil, así como buena parte de la industria y, sobretodo, los medios de transportes y vías de comunicación, especialmente puentes. No había piezas de repuesto, fundamentalmente para la maquinaria agrícola, ni fertilizantes. Y, lo más esencial, la población trabajadora había sido diezmada. Más de un millón de hombres, generalmente jóvenes, sobretodo trabajadores de la industria, la mayoría de los especialistas y técnicos cualificados, habían huido al extranjero, estaban lisiados, muertos o cautivos en campos de prisioneros que, en su momento se explicará, eran verdaderos campos de exterminio, al puro estilo nazi, con intención de matarlos. Lo que hoy, los hijos de los genocidas, intentan que se olvide, como se perdonó (amnistió) tras la coronación del actual rey, impidiendo que se compensen a las víctimas del terrorismo de sus padre, oponiéndose a la Ley de Recuperación de la Memoria Histórica, los mismos que exigen condiciones imposibles para evitar triunfos al Gobierno en la desaparición del terrorismo actual.

 

Mientras la producción de trigo se entregaba a Alemania en pago de dicha deuda, la población, fundamentalmente la republicana, a la que se impedía trabajar al negársele los preceptivos certificados de buena conducta expedidos por falangistas, curas y guardias civiles, moría de hambre. En este ambiente las epidemias se dispararon: tifus exantemático (propagado por el “piojo verde”) disentería, tuberculosis, cólera, etc., etc.. Y todo ello impedía unas condiciones productivas y de relaciones internacionales de las que pudieran sacarse igual provecho que durante la I Guerra Mundial.

Advertisements
This entry was posted in El largo y tortuoso camino a la democracia en España. Bookmark the permalink.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s