De vuelta a las andadas

 

            Si la intención del joven rey con su matrimonio fue restaurar el imperialismo (véase el artículo “Regeneracionismo o conservadurismo”, editado con anterioridad) era lógico que actuase con la máxima celeridad, que, por desgracia, era la forma habitual en la que hacía las cosas. Francia llevaba cincuenta años reconstruyendo su imperio. La III República no había alterado los objetivos de Napoleón III. Habían conquistado Tunicia y Argelia. A pesar de que el nuevo caesar (en alemán kaiser) destituyera a Bismarck, sus principios de gobierno interno paternalista continuaron vigentes: acuerdo con los socialdemócratas, persecución de los marxistas y anarquistas radicales, censura de publicaciones, incremento de pensiones, extensión del seguro médico, reducción de la jornada de trabajo, etc.. Un continuado optimismo y prosperidad se apoderó de Alemania, mientras continuaban sus planes militaristas, su industrialización y el progreso tecnológico y económico. Sin embargo su punto débil era la dependencia de materias primas extranjeras, en gran parte ultramarinas, lo que la dejaba a expensas de que un “disgusto” con Gran Bretaña, aún la primera potencia marítima, bloquease toda su economía. Bismarck habría apostado por la vía diplomática, por mantener la amistad del Imperio Británico. Guillermo II prefirió sentirse autónomo, depender sólo de sí mismo, por lo que ordenó un plan de construcción de buques de guerra, comparable a la modernización que había realizado en sus fuerzas terrestres. A Gran Bretaña le pareció amenazador, así que aceptó la entente cordiale que Francia le proponía. Como ésta ya había pactado una alianza con Rusia, en realidad se trataba de una triple entente. Con ello Francia se sintió suficientemente arropada como para dar un paso más: negoció con el corrupto sultán de Marruecos establecer un “protectorado” sobre dicho país.

El kaiser se presentó en 1905 en Tánger, con la que mantenían intensas relaciones comerciales, y realizó un encendido discurso apoyando la independencia de Marruecos y la política de “puertas abiertas”, inventada por Estados Unidos para su beneficio. Francia se asustó, temiendo que Gran Bretaña no deseara llegar a la guerra por defender el imperio (o el derecho a tener imperio) de otro. En realidad el Imperio Británico tampoco veía con buenos ojos compartir con Francia las llaves del Mediterráneo. Así que Francia desistió, lo cual tampoco agradó a los británicos, que menos aún deseban compartir el Estrecho de Gibraltar con los alemanes. La posición del astuto sultán de Marruecos aún era peor, puesto que sólo podía esperar el levantamiento de sus súbditos, que podían entender que les había intentado traicionar, o la invasión alemana. De modo que se le ocurrió convocar una conferencia internacional que aclarase la “disputa”, la presentara como inevitable a los marroquíes y, en todo caso, pusiera límites a las pretensiones alemanas. A Guillermo II le pareció de perlas, pues lo entendía como un respaldo internacional a su dominio de Marruecos, y pidió que se convocase al Imperio Austro-Húngaro y a Italia, con cuyos votos creía contar. Francia propuso al Imperio Británico y a Estados Unidos, que se había ganado el puesto de potencia internacional de primer nivel con su fulminante victoria contra España, su participación en la derrota de los luchadores de Kung-Fu (boxers, para los ingleses) y con su humillante contención al Imperio Japonés.

A  Alemania también le agradó, creyendo que los estadounidenses apoyarían su pretensión de “puertas abiertas”, ya que Francia no deseaba admitirla o compartir su monopolio comercial (ni tampoco el kaiser, en cuanto se llegara a la invasión directa, como había hecho con sus posesiones en Africa y Oceanía) y que, antes que los franceses, Estados Unidos había atacado Túnez y mostrado sus ambiciones sobre el norte de Africa, por lo que suponía que la ocasión aprovecharía para vengarse de Francia. Era la primera vez que Estados Unidos iba a tomar parte en una Conferencia Internacional, a realizar diplomacia de alto nivel, no sólo bilateral, entre sólo ellos y otro país. Pero los mandatarios europeos no estaban dispuestos a desplazarse al norte de Africa, que consideraban territorio salvaje e inhóspito. Tampoco el sultán marroquí estaba dispuestos a que sus dignatarios viajaran a Paris, Londres o Berlín, para tratar sobre su futuro, sobre la independencia de Marruecos: ya sería excesiva humillación, y debía pensar en lo que sus súbditos estaba dispuestos a tolerar, si no quería depender en exclusiva de la “protección” de los dominadores. Gran Bretaña propuso Gibraltar, cercano a Marruecos, pero en territorio europeo, “civilizado”. Alemania se negó a admitirlo: no quería que nadie tuviese la impresión de que lo que iba a conseguir fuese una donación británica. Así que se aceptó Algeciras. Francia propuso ofrecerle una silla al Estado anfitrión. Al kaiser también le agradó, pues contaba con las simpatías de los españoles, y podría ser una alternativa si Estados Unidos exigía demasiadas contrapartidas a cambio de su voto. Y entonces, a principios de 1906, ocurrió lo imprevisible. Un geólogo aventurero italiano, disfrazado de beduino, había explorado el desierto de Libia, concluyendo que había petróleo en él. Italia, sin revelar tal información, propuso secretamente a Gran Bretaña votar a favor de Francia a cambio de que le dejaran Libia.

El Imperio Británico estuvo de acuerdo, puesto que no deseaba que el expansionismo francés llevara sus fronteras hasta “su” Egipto. Era su política de Estados-tapón, la misma que mantuvo la independencia y el salvajismo de Afjanistán, evitando fronteras comunes entre el imperio zarista y el hindú. A cambio se exigió a Italia un acuerdo secreto por el que, en caso de guerra con Alemania, integrase una alianza franco-italo-británica. Quedaba la cuestión del Estrecho de Gibraltar. Gran Bretaña propuso la innovadora “solución” de que parte de Marruecos, la zona del Estrecho, quedase fuera del protectorado. El sultán lo rechazó, puesto que la alternativa de residir bajo la dependencia de los dominadores o verse derrocado por sus defraudados súbditos, sólo le conducía a una pérdida de todo poder. Pareció mucho más razonable ofrecer a España la otra parte del protectorado. De todas formas ya mantenía frontera con Gibraltar. Y la guerra hispano-estadounidense había demostrado que no era enemigo a temer. Menos aún en el mar. Por los mismos motivos se convenció a Estados Unidos que la entrada al Mediterráneo estaría mucho más “abierta”, sería más “libre”, con el acuerdo alcanzado que bajo el dominio de Alemania. Esta no llegó a comprender lo que había pasado. Siguió confiando en Italia, a pesar de lo constatable de los hechos, del disgusto de los italianos porque los alemanes no terminaba de convencer al Imperio Austro-Húngaro de que le cediera a Italia la zona de los Alpes que denominaba el Alto Adigio, que mantenían que correspondía al Véneto (efectivamente hablaban un idioma, hoy desaparecido, llamado romanche, derivado del latín) así como en la costa dálmata del Adriático, anteriormente parte del imperio veneciano. De modo que Italia no podía considerarse un aliado fiable.

Posiblemente, de haber conocido el pacto secreto franco-italo-británico, aunque Italia se demoró dos años en cumplirlo, aduciendo que su ejército no estaba preparado (lo mismo expresó a ambos bandos, de forma que, en todo caso, fue, desde el mismo 1914, una traición para la Triple Alianza germana-itala-austro-húngara, la respuesta alemana a la Triple Entente) Alemania no se habría aventurado a entrar en la I Guerra Mundial. El Presidente demócrata de Estados Unidos, Woodrow Wilson, entre sus catorce puntos para la paz, propugnaba el fin de la diplomacia secreta: tanto la Sociedad de Naciones, en la que los conservadores republicanos estadounidenses se negaron a participar, como la Organización de las Naciones Unidad, inicialmente, defendieron, en teoría, consolidar tal principio. En 1911, tras mucho rumiar una situación que seguían sin comprender, aprovecharon una excusa baladí, y, a imitación de lo que hacían las de Estados Unidos en Hispanoamérica, las cañoneras alemanas desahogaron su rabia, a medio contener, bombardeando Tánger. Los estadounidenses quedaron no menos sorprendidos. Tenían la impresión de que les habían engañado, que les habían tratado como unos palurdos nuevos ricos, ignorantes de todos los contactos secretos. Así que reaccionaron rechazando cualquier tipo de diplomacia que no les afectara directamente. Volvieron a su aislamiento, a su Continente, lo cual tuvo su importancia en la inevitabilidad de las dos guerras mundiales. El joven Alfonso XIII, aún con 19 años, quedó alborozado de júbilo: ¡un nuevo imperio para jugar! Se conectaría las plazas de Ceuta y Melilla, el archipiélago canario, Sahara y Río Muni, puesto que se habían mantenido las posesiones africanas. Y no menos contento sentían los militares belicistas. Habían conseguido un enemigo a su medida, como hicieron los estadounidenses con ellos.

Consideraban a los marroquíes unos salvajes, incapaces de hacer frente a un ejército moderno, a la europea. Ni siquiera tenían selvas, como los cubanos, donde poder esconderse. Deberían luchar a campo descubierto, en el desierto, donde no tendrían protección alguna contra las armas automáticas, de repetición, o la artillería de campaña. Así podrían desquitarse de la humillación de Cuba y conseguir nuevas glorias, nuevo orgullo, victorias y ascensos por méritos de guerra, sin ninguna dificultad. En 1905, la revista satírica catalana Cu-cut! había publicado un chiste antimilitarista, por lo que 300 militares atacaron su redacción produciendo destrozos. Otras publicaciones periódicas informaron de los hechos, añadiendo comentarios y opiniones críticas, por lo que también fueron asaltados, así como una librería, apaleando, de camino, a transeúntes. La policía no se atrevió a enfrentarse a los militares. El asunto acabó en los tribunales. Los militares respondieron que no podían ser juzgados por civiles, arguyendo que se trataba de un tema de disciplina interna militar. El rey, que tenía la costumbre de abrir la boca, alocadamente, en el momento más inoportuno, y para tomar el partido más improcedente, más indefendible, pero siempre favorable a los militares, se puso de su lado, lo cual dejaba al Gobierno conservador de Maura, y al propio rey, en una situación difícil, puesto que una decisión judicial contraria produciría una crisis institucional, sobre la prevalencia de poderes, que la Constitución de 1876 hacía recaer en el soberano, de lo que éste abusaba, y, si era favorable a los militares, provocaría el descontento popular y la desconfianza en la judicatura y en la propia Constitución.  No se les ocurrió otra salida que una Ley de Jurisdicciones. Por ella los militares sólo podían ser juzgados por tribunales militares. Era el retorno a la Edad Media. La desaparición del principio liberal y democrático de igualdad ante la Ley. Nuevamente cada uno tenía su diferente Ley, según el estamento al que perteneciera.

Para comprender la injusticia que esto significaba, comparemos que, durante la Inquisición, un bígamo, además del atormentamiento propio de los “interrogatorios”, podía ser condenado a cárcel o desterrado a determinada distancia de su domicilio, lo que podía suponer la pérdida de su trabajo, su negocio o el uso de sus inmuebles, si los tenía. En cambio, un sacerdote que torturase y/o violase a sus feligreses, como penitencia o a cambio de su absolución, durante el sacramento de la confesión, era “condenado”, indefectiblemente, a dos años de prohibición del ejercicio litúrgico y encierro en un monasterio. Es como si a un trabajador se le “condenara” a la suspensión de empleo pero no de sueldo, es decir, unas vacaciones pagadas, en una residencia muy tranquila y aburrida, en el campo, distante de cualquier diversión, y con horarios un tanto intempestivos. Se supone que para un religioso de vocación no debería suponer un castigo. El Honrado Concejo de la Mesta, habitualmente presidido por el Maestre de la Orden de Santiago, cargo que se hacía recaer, habitualmente, en personajes de la familia real, para mejor controlarlo, y formado, entre otros, por las demás órdenes religiosas-militares, tenía el control del impuesto de “los millones” (es decir, cada mil cabañas de mil ovejas) y la entrada de divisas por la exportaciones de lana, con la que Inglaterra y Holanda desarrollaron su industria de pañerías, que luego nos revendían a precio de oro (la “tela marinera”) mientras que en España, por la ambición de tales impuestos y divisas, se desincentivaba su transformación, manteniendo el atrasa secular. Había leyes que lo beneficiaba, como la de que las ovejas podían ramorear de los árboles caídos. De forma que los pastores llevaban siempre un hacha.  

Para “favorecer” la “justicia” tenía tribunales itinerantes, formados por los propios pastores, a los que había que denunciar si estos talaban árboles, dejaban que sus rebaños se salieran de las cañadas y se comieran las cosechas, o si violaban a las campesinas. Indefectiblemente, como era de esperar, denegaban siempre las acusaciones. El resultado, tangible, fue la desaparición de los bosques de la Meseta, incluso de cualquier otro tipo de árboles, la tradición de que los castellanos no sembraran frutales, ni siquiera hortalizas, sólo cereales, que se cosechaban cuando las mesnadas trashumantes ya pastaban en los montes. También en el caso del Cu-cut! los militares protegieron a los suyos. Del mismo modo que el mundo se dirigía, inexorablemente, a la I Guerra Mundial, España iniciaba el camino hacia la II República, como único modo de acabar con la situación establecida. Como reacción por los hechos antes comentados surgió una gran coalición electoral en 1907, denominada Solidaritat Catalana, que obtuvo 41 de los 44 escaños que correspondían a Cataluña. Se iniciaba, con ello, el camino electoral del regionalismo, que dura hasta nuestros días, convirtiéndose en un ámbito de confrontación interna, un espacio, camuflado, para la supervivencia del conservadurismo, para comportamientos retrógrados y trasnochados, aunque antimilitarista y democrático. El Partido Nacionalista Vasco, fundado en 1895 por los hermanos Arana, descendientes de una familia carlista, había conseguido aunar en 1898 las corrientes independentistas, propias del campesinado montañés, y las fueristas, de tendencia liberal y moderada, apoyadas por la gran burguesía, ambas ancladas en el propio carlismo y su constatado fracaso. Seguiría la estela marcada por los catalanistas con muchos años de retraso, consiguiendo en 1917 mayoría en la Diputación de Vizcaya. 

Dadas las penurias familiares, y siguiendo los pasos de su hermano mayor, Nicolás, en 1907 Francisco Franco se decidió a entrar en la Escuela Naval Militar. Calcularía, propio de su personalidad, que los puntos de preferencia con que contaba, por ser hijo de un contable de buques de la Armada, le ayudarían. Quizás fuera lo único que podría agradecerle al que había abandonado a la familia años antes. Pero, con una Flota exigua, aún no repuesta de los desastres marinos de Filipinas y Cuba, de nueve años antes, ni necesidad de ello, dada la reducción de sus dominios a España y el Continente africano, había exceso de oficialidad. Así que ese año la Escuela de la Armada no convocó oposiciones para ingreso. Fue este hecho fortuito, para no perder un año en su vida, el que llevó a Franco a la Academia Militar de Infantería. Sus compañeros, a imitación de su madre, que lo llamaba Paquito, dada su delgadez, baja estatura y voz aflautada, de tiple o vicetiple, a la que se añadían, posiblemente por su intento forzado de aparentarla más ronca y varonil, repetidos “gallos” o tonos inesperadamente más agudos, le llamaban Franquito. Y también, por su desproporcionadamente gorda cabeza, rasgo que se diluiría cuando echó barriga, en Africa, “cerillito”. Un compañero le escondió, por segunda vez, los libros bajo la cama, lo que ya le había costado un arresto, por lo que le golpeó en la cabeza con un candelabro. Pudo haber sido expulsado por ello, lo que podría haber cambiado la historia de España, pero alegó la novatada y no tuvo mayor consecuencia. Quizás también porque sólo contaba 14 años, lo que parece una violencia desproporcionada para su edad. Su expediente académico fue muy mediocre, como toda su carrera estrictamente militar, quedando en un lugar irrelevante (el 251º entre los 312 que obtuvieron la graduación de segundo teniente en 1910) por lo que sólo pudo conseguir plaza en Marruecos, algo que muy pocos deseaban.

Todo esto influiría en su espíritu, de siempre tímido y apocado, produciéndole complejo de inferioridad y deseos de venganza. Algo semejante, salvando todas sus diferencias, a lo que le ocurrió a Napoleón. Con los jesuitas en la cúspide de su poder, hasta el punto de que el General de la Compañía (“El Papa negro”) mantenía acosado y espiado al Papa en el Vaticano, en 1622, se fundó Propaganda Fide, una Congregación de la Santa Sede dedicada a coordinar el esfuerzo expansivo, misionero, de la Iglesia Católica, en pugna con la Iglesia Reformada, denominada “protestante” por los católicos, por la reacción de aquellos cuando el Papa desautorizó el acuerdo que el emperador Carlos (Kaiser Karl) V había llegado con ellos. Es decir, se dedicaba a conseguir fondos y extender el poder para la Compañía de Jesús. Uno de los cometidos del Santo Oficio de la Inquisición de Herejes era aprobar la relación de libros que se indicaba que estaban prohibidos para los católicos: el índice. Su posesión era causa de inquisición, tormento y juicio por dicho órgano. Cuando la Iglesia Católica se vio obligada, por la presión popular, a disolver dicha institución, la confección del índice (que aún hoy día se mantiene, aunque sin las mortíferas repercusiones de antaño) se encargó a Propaganda Fide, que Juan Pablo II, para hacer olvidar su pasado, redenominó Congregación Para La Evangelización De Los Pueblos. Es decir, que, en cierto sentido, fue la continuadora de la Inquisición. La reacción de los Papas a la Revolución Francesa y la paulatina instauración de la democracia en Europa, fue tan despótica y sanguinaria como la de toda la aristocracia.

La encíclica papal Silabarius mantenía, como dogma de fe y doctrina religiosa de la Iglesia Católica, que sólo Dios podía decidir, mediante la monarquía hereditaria, quién debía regir los destinos de cada nación, por lo que cualquier oposición a la realeza o limitación a su poder significaba oponerse a los designios divinos, de modo que prohibía a los católicos participar en ningún proceso electoral. Una excesiva responsabilidad para Dios, al que, de ese modo, se hacía culpable de todas las iniquidades cometidas por cualquier déspota del mundo. Semejante política no podía tener más consecuencia que la pérdida de poder eclesiástico simultánea a la extensión de la democracia. En Italia, el enfrentamiento militar entre las tropas de los reinos pontificios con las del movimiento unificador, tuvo como resultado la negativa de la Iglesia Católica a aceptar la Constitución italiana, que consagraba el reino unificado, negando las propiedades territoriales papales, excepto el cerro del Vaticano y el palacio de verano de Castelgandolfo. Por analogía, semejante conducta se extendió al resto del mundo. El Estado italiano reaccionó prohibiéndole ejercer la enseñanza, ya que la Iglesia Católica no estaba dispuesta a jurar fidelidad a la Constitución italiana, ni a propagarla o enseñarla. El primero en comprender las consecuencias que ésta producía, de separar cada vez más las masas proletarias de la Iglesia Católica, de frustrar su propaganda, proselitismo y adoctrinamiento infantil, fue San Juan Bosco, que comenzó sus Oratorios festivos, en los que se jugaba, cantaba, se ofrecían alimentos y regalos, se contaban los problemas familiares, se consolaba a los que expresaban sus dificultades, en vez de rezar, que resultaba aburrido y ahuyentaba a la juventud, y se les enseñaba habilidades para diversos oficios, ya que continuaba la prohibición de ejercer la enseñanza oficial, que no desaparecería hasta el Concordato de Pio XI con Mussolini

¡Cuánto ha cambiado todo desde entonces! Pensadores de la derecha analizaron las consecuencias electorales de la prohibición a los católicos de emitir su voto o presentarse a las elecciones, de modo que consiguieron que el papado la eliminase, llegando a constituir el Partido Popular italiano, que, con la propaganda eclesiástica desde los púlpitos y las publicaciones periódicas que controlaban, lograron hacerlo árbitro de la situación política, hasta que fue absorbido por el Partido Fascista. La Democracia Cristiana italiana actual, fue la refundación de dicho Partido, bajo el asesoramiento y sumisión a Estados Unidos, como había hecho en la zona de Alemania repartida entre los vencedores occidentales (más Francia) con el Zentrum católico, que también se había unido al Partido nazi, salvo unos cuantos individuos, como Adenauer, que más tarde sería considerado héroe, y que había sufrido el mismo cambio de denominación, también para hacer olvidar su ignominioso pasado, actualmente encabezado por Angela Merkel. En España, con una democracia ficticia y el dominio de los conservadores, de los que habían obtenido un Concordato tan ventajoso (que se negaban a pactar con el gobierno italiano, para no reconocer su poder) bajo el cual podían continuar ejerciendo el monopolio de la enseñanza y adoctrinamiento de la infancia y la juventud inocentes, censurando, prohibiendo y persiguiendo los avances científicos que podían cuestionar los tradicionales fundamentos de su doctrina, con las negativas consecuencias para el desarrollo tecnológico e industrial español, la situación era distinta. No obstante, en 1909, el jesuita Padre Ayala, con la colaboración de Angel Herrera Oria, hermano de cinco jesuitas, y que llegaría a ser él mismo cardenal, fundaron la Asociación Nacional de Jóvenes Propagandistas, cambiando el nombre propuesto por el Papa, de Juventud Católica Española.

Su objetivo era extender el catolicismo a todos los ámbitos, continuar controlando la Universidad y protegiendo a los jesuitas contra cualquier futuro ataque. Más tarde, conforme se fueran haciendo viejos, desaparecería de su nombre lo de jóvenes, se transformarían en Acción Católica y tendrían una decisiva influencia sobre la política española y el final enfrentamiento fraticida, al participar en la creación de Acción Nacional, convertida en Acción Popular al prohibir la II República que ningún Partido pudiera llamarse Nacional, e integrarse en la Confederación Española de Derechas Autónomas, bajo el mando de Gil-Robles, y en el Partido Nacionalista Vasco. Aún hoy controlan el instituto San Pablo-Centro de Estudios Universitarios o C.E.U., o Editorial Católica Española, que publica el periódico ABC. La situación en Marruecos no se desarrollaba como habían supuesto el rey y los militares. España “recibió” la zona más montañosa, inhóspita, menos fértil y menos minera, más pedregosa y desértica, pero la que contaba con habitantes más indómitos y guerreros. Para sacar provecho de las tierras se desplazaron allí muchos valencianos, consiguiendo extensísimos naranjales, que hoy compiten en la Union Europea con nuestra producción, debido a un Tratado Preferencial que desmerece la integración española en la misma. Para tal transformación agraria se expropiaron, violentamente y sin indemnización, los terrenos más fértiles a sus tradicionales y legítimos propietarios, lo que enfureció a los marroquíes. Se inició la guerrilla contra los invasores, y, en 1909, atacaron una mina cercana a Melilla. Es el inicio de lo que se conoce como Guerra de Melilla, que duró hasta 1913.

El desierto resultó ser tan dificultoso para el despliegue militar como los insalubres pantanales y selvas caribeños. Los marroquíes, perfectamente adaptados a su climatología y conocedores de su país, sabían esconderse en cualquier lugar: la menor estribación del terreno, cualquier pedregal, o incluso pozos o fosas en la arena, podían esconder tiradores o una emboscada. De noche podían reptar hasta las posiciones o campamentos españoles, degollando o acuchillando a los soldados, silenciosamente. La situación se escapaba de las manos, y se hacía necesaria una acción de castigo que escarmentara a los marroquíes. Así Maura decretó la movilización parcial de reservistas. Los trabajadores, lógicamente, no podían sino sentir que se repetiría la situación en Cuba y Filipinas. Se organizó un convoy que partiría de Barcelona, con refuerzos de hombres, armas y alimentos. Los sindicatos y Partidos de la oposición organizaron manifestaciones. Pero los anarquistas llegaron a más: convocaron a la huelga a los estibadores del puerto, que controlaban. No obstante la estiba no se detuvo, sino que fue continuada por los soldados y marineros. Enfurecidos por lo que consideraron esquirolaje, que había hecho perder los salarios a sus seguidores, sin ningún efecto práctico, salvo aumentar los sacrificios de los destinados a Africa, ampliaron la convocatoria a los carreros, que también creían controlar. Pero estos eran trabajadores autónomos, propietarios de sus propios carros, por lo que la mayoría no obedeció. En el calor de julio se formaron concentraciones de trabajadores para impedir su paso, por lo que el mando militar ordenó a los soldados que abrieran paso a bayoneta calada. Los manifestantes respondieron apedreando a las tropas y a los carros, por lo que se decidió que los acarreos continuaran por la noche, para no resultar provocativos, y se designó uno o dos soldados para acompañar a cada carrero.

Los anarquistas, al comprobar que no había movimientos de carros durante el día, consideraron que habían conseguido una victoria. Pero, cuando conocieron la realidad, su frustración fue aún mayor. Se formaron grupos para hostigar a los carros durante la noche. De día podían perseguirse a culatazos o bayonetazos,  pero de noche los soldados no se atrevieron a bajar de los carros, a perseguir a los anarquistas por la oscuridad. Así que abrieron fuego, con tan mala suerte, que acertaron a muchos, disparando a bulto, entre las sombras. Las manifestaciones de protesta se multiplicaron, se convocó huelga general en toda la ciudad y, a la noche siguiente, los anarquistas acudieron de nuevo, pero no con piedras, sino que llevaron sus propias escopetas. La situación degeneró en una auténtica guerra civil, lo que se denominó Semana Trágica. Se izaron barricadas por toda la ciudad, que fueron capaces de resistir los ataques del ejército. Se propagaron noticias que parecen absurdas, como que los sacerdotes, vestidos con monos de trabajo, disparaban a los soldados desde torres y espadañas de iglesias y conventos, para fomentar el odio contra los trabajadores. Más creíble parece que fuesen auténticos anarquistas los que disparan, que serían denunciados o delatados por los sacerdotes o las monjas, y que, tras desalojarlos, capturarlos o eliminarlos, viendo las posibilidades de tales puestos o las ventanas de los edificios religiosos, los utilizaran para tirotear a los atrincherados. Lo importante no es lo que podamos creer hoy, sino lo que en aquel momento resultó creíble. La consecuencia fue que se inició la quema y el asalto de conventos e iglesias por la chusma. Más aún conforme el ejército decidió romper todas las limitaciones y acabar con lo que consideraron rebelión, como si fueran marroquíes o tropas invasoras extranjeras.

Miguel Primo de Rivera se sorprendería de que los regionalistas exigiesen que se emplease la fuerza descontrolada para acabar con los desórdenes, por más que, cinco días antes, se habían opuesto a la militarización de reservistas y el envío de más tropas a Africa. Más que ninguno el reaccionario sindicato de patronos, el nacionalista Fomento del Trabajo Nacional. Eliminado cualquier apoyo de la burguesía, cortada cualquier relación con el proletariado, en lo que se consideró, erróneamente, como una demostración de simpatía hacia los regionalistas, de liberalismo y progresismo, no siendo más que una confluencia de intereses en la reacción, el conservadurismo (como analizaba Karl Marx, cualquier enfrentamiento entre capitalistas no es más que una “disputa de tenderos” en un mercado, que termina en cuanto algo afecte a los intereses colectivos, a su bolsillo, patrimonio o capacidad de generar beneficios, plusvalías, que es lo que más les duele, reponiendo la unidad de su clase) se atacaron las barricadas con artillería. Es lo mismo que ocurrió 38 años antes, cuando el ejército de la III República Francesa, en realidad tropas de Napoleón III, en su mayoría prisioneros de guerra que Bismarck había liberado y rearmado para este cometido, emplazaron sus cañones y ametralladoras, que no habían sido capaces de emplear contra los invasores que sitiaban París, para triturar a los trabajadores comunardos. Las propias fuerzas de ocupación, los sitiadores, quedaron tan consternados por la crueldad de la represión, que no hacía distingos de sexo ni edad, que dejaron huir, entre sus líneas, sus trincheras y fortines, a la población, los defensores de París, que resistían seis meses de asedio, bombardeos y hambre, trabajadores que se habían opuesto eficazmente a los invasores, avergonzando a los militares franceses, que no habían sido capaces de lograrlo, los pocos que pudieron huir de semejante felonía.

  La represión en toda Cataluña no tuvo mucho que “envidiar” a la que se realizó contra los héroes de de la Comuna de Paris. Uno de los fusilados, como instigador de tales hechos, lo que se demostró falso, fue Francisco Ferrer Guardia. Fue miembro de una familia muy católica, contra la que reaccionó haciéndose anticlerical y masón, ingresando en la logia Verdad de Barcelona. Apoyó el pronunciamiento militar de 1886 a favor de la vuelta de la República, por lo que tuvo que exiliarse a París, donde trabó contactos con anarquistas franceses, estudiando sus métodos educativos, que plasmaría en su libro “La Escuela Moderna”. Vuelto en 1901 intentó aplicarlo en España, hasta que, en 1906, el atentado contra Alfonso XIII y la reina el día de su boda, del bibliotecario y traductor de su Escuela Moderna, el anarquista Mateo Morral, cuya bomba de fabricación casera tropezó contra el tendido eléctrico del tranvía, desviándose hacia la capota plegada de la carroza, en la que rebotó y cayó sobre la multitud y el séquito, causando 30 muertos, le llevó a la cárcel por complicidad, hasta que resultó absuelto. Pero su Escuela Moderna fue cerrada, y tuvo que trasladarse a Francia y Bélgica, fundando la Liga Internacional para la Educación Racional de la Infancia. Anatole France escribió que su crimen había sido ser republicano, socialista, librepensador, defender la enseñanza laica, fundar escuelas y educar a miles de niños en la moral independiente. Vivo habría hecho menos daño al catolicismo que sólo pronunciar su nombre, tras su asesinato. Desde 1907 se publicaba la revista anarquista Solidaridad Obrera (la “soli”) que informó de lo que sucedía, propagó la huelga general y recaudó fondos y colaboración (en armas y apoyos) para los huelguistas o los atrincherados, así como los puntos de resistencia a los que se debía acudir.

Continuaron después relatando los hechos represivos, vengativos, incluyendo análisis político y sindical de profundo calado, que hicieron populares a sus firmantes, hasta que Franco conquistó Barcelona, en 1939. Todos estos hechos tendrían importantes repercusiones en el futuro.

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