Regeneracionismo o conservadurismo

 

            El desastre de Cuba (comentado en el artículo precedente, de igual título) propició hondas reflexiones sobre sus causas, que, a su vez, culminaron en diferentes propuestas que intentaban superar las mismas. En realidad eran tales propuestas, directamente relacionadas con las respectivas posiciones ideológicas, las que buscaban su apoyo en un análisis, siempre sesgado, de las causas. La opinión pública, que había sido convencida por las publicaciones periódicas del indudable triunfo si se persistía en el empeño, comenzó a exigir explicaciones. El ejército trató de buscar chivos expiatorios, corderos redentorios, e inició juicio de guerra a todos los altos oficiales que se habían rendido al enemigo. Entre ellos al Almirante Cervera. El General Weyler había mantenido una política de reasentamientos y traslados forzosos de masas campesinas cubanas que impidieran su colaboración con la guerrilla. Se quemaron las cosechas que no se podían recolectar, y las casas, para evitar que volvieran a ellas. No se tuvieron en cuenta la fertilidad o capacidad agrícola de los nuevos asentamientos, la existencia de agua potable, las zonas pantanosas, la infección de malaria u otras enfermedades endémicas, la provisión de alimentos y semillas, viviendas o materiales para su construcción. Lógicamente no se podía esperar otra cosa que la rebelión. Esta se reprimió con crueldad, al estilo de lo que sería propiamente fascista. A la población reasentada se la obligó a permanecer en tales territorios bajo vigilancia del ejército (que, de esa forma, perdía efectividad en la lucha contra la insurrección, y sus pequeños destacamentos se convertirían en objetivo adecuado para los guerrilleros) convirtiéndolos en auténticos campos de trabajo forzado. Estados Unidos haría lo mismo en Vietnam.

    Pero, cuando son otros los que lo hacen, nunca se encuentra justificación para ello. La Cruz Roja se ofreció para socorrer a tales poblaciones, lo que se denegó. Si se pretendía con ello ocultar la realidad de los hechos tan sólo se consiguió que se extendieran invectivas aún más despiadadas, añadidas a la crueldad adicional de la denegatoria de auxilio. Las presiones estadounidenses se hicieron tan amenazadoras que Weyler fue destituido. Algunos militares, entre ellos el Almirante Cervera, consideraban que la estrategia de Weyler había sido un error, que había conseguido extender el odio hacia el dominio español a sectores que antes lo aceptaban (igual ocurriría en Vietnam, como pasó durante la guerra de independencia, la Revolución, de Estados Unidos) y hacer que la opinión pública norteamericana aceptase una intervención armada, directa, en el conflicto. Sin embargo los juicios militares produjeron una conmoción en el ejército. La inmensa mayoría se negó a entregar víctimas al populacho y se optó por el espíritu de cuerpo, la solidaridad grupual, la unidad de los militares, cerrando filas todos juntos. Así los escogidos como víctimas para explicar la derrota terminaron presentados como héroes. Se descubrió que se trataba de una forma efectiva de recuperar el optimismo popular, la confianza en el ejército y el olvido de sus errores. Se culpó a los políticos del desastre, por no haber ofrecido al ejército mejores armas y financiación y por su injerencia en la dirección de la guerra, que, en el caso de la Escuadra de Operaciones de la Antilla, era completamente cierto. Es lo mismo que harían los militares alemanes tras la Primera Guerra Mundial, abriendo paso al nazismo. Pero se llegó a más, a defender que la estrategia de Weyler era la única efectiva, que fue un error destituirlo, e incluso que fue un error cualquier autonomía, desde la intentada por Carlos III hasta la última implantada.

    Se abría así paso al enfrentamiento de los ultraconservadores con los regionalismos, en defensa de la unidad o unicidad de la patria. La estrategia de Weyler de maltrato y represiones fascistas (como las que actualmente realizan Israel en Palestina o Estados Unidos en Irak y Afjanistán) en masa contra la propia población española sería llevada a la práctica 40 años después, durante la guerra de 1936. Los conservadores insistieron en que había que unir al país ante el desastre, mostrar patriotismo apoyando al Gobierno, acabando con las críticas contra él y contra los militares, con las huelgas, trabajando todos (los obreros, por supuesto) más, aceptando que no hubiesen subidas salariales y que se elevasen los impuestos, para compensar las pérdidas sufridas. Tenían esperanzas en que el fin del esfuerzo de guerra, así como la repatriación de los capitales indianos (cubanos) con los que se fundó el Banco Hispano Americano, permitiesen una recuperación económica que, incluso, mejorase la situación de descontento obrero. Pero su propuesta fundamental era el ensimismamiento, encerrarnos en las fronteras interiores, elevando los aranceles y restringiendo las importaciones, y en nuestras tradiciones arcaicas, volviendo la espalda al resto del mundo, que había engañado y traicionado a España, tanto respecto de la guerra hispano-estadounidense como en múltiples ocasiones anteriores, y, sobretodo, a todas sus influencias ideológicas, desde el liberalismo hasta el anarquismo, incluyendo el socialismo y los separatismos independentistas, que concluían que sólo habían causado males al país.

    La reaccionaria Iglesia católica española aprovechó la oportunidad para acercar el ascua a su sardina, proponiendo una concentración en la espiritualidad española, que identificaban con el catolicismo más conservador. Unamuno, uno de los muchos intelectuales que se habían opuesto a la guerra de Cuba (unos sólo a partir de la amenaza de guerra contra Estados Unidos, propugnando la venta o el abandono de la isla, otros desde antes, apoyando el derecho de los pueblos conquistados, colonizados, a independizarse) siempre contradictorio, oscilante entre el conservadurismo católico y el ateismo militante, llegó a esquematizar dicha propuesta con su “¡Que inventen ellos!”. Pero España tampoco se ha caracterizado por sus aportaciones espirituales, más allá de la imitación, el fanatismo y la asunción de tesis, e incluso religiones, extranjeras. No hay ni una sola teoría filosófica, religiosa, política ni científica que pueda llamarse auténticamente española: nuestras aportaciones han sido, en tales terrenos, parciales, minoritarias, anecdóticas. Ha habido más participación en inventos, menos en investigaciones, y nada en teorías generales, en doctrinas, de ningún tipo ¿Qué espiritualidad, más allá del seguidismo, casi siempre acrítico, obediente, sumiso? La burguesía industrial, cada vez más cercana a los conservadores, por ejemplo respecto del proteccionismo y cierre de fronteras, empezaba a acercarse a los regionalismos, a los que siempre habían despreciado como propio de aldeanos, de montañeses, paletos, analfabetos, iletrados, que ni siquiera sabían expresarse correctamente en castellano, obcecados en el pasado, carentes de miras, más próximos al carlismo que al liberalismo, pero con los que confluían en intereses, sobretodo de cara a oponerse a los obreros. Siempre que no se llegara al separatismo, que apreciaban como absolutamente contrario a sus intereses en colocar su producción en masa.

Todos ellos coincidían, tras reponerse del derrotismo, en culpar a la falta de patriotismo, al seguidismo de tesis extranjeras, el desprecio de lo propio, de las tradiciones, y la falta de un interés común: todo ello sería aprovechado, reciclado, por los falangistas y franquistas. Pero, además, la destrucción de las flotas del Atlántico y del Pacífico obligaba a reconstruir una Armada. Y los industriales se frotaban las manos con ello. Esto obligaría a una colaboración interesada con el Gobierno de la que, además, obtendrían su predispuesto apoyo para reprimir las aspiraciones obreras: una ayuda al ya agonizante y corrupto turnismo, que sólo podría apuntalarse con medidas de fuerza. Los liberales proponían el apoyo a la industrialización del país, las subvenciones, pero, al mismo tiempo, siguiendo su tradición ideológica, la apertura de fronteras, el libre comercio, y a una profundización en la democracia, siempre que se mantuviese a los sindicatos dentro de determinados límites, lo que, por entonces, sólo podía alentar a la pequeña burguesía. Esto explicaría su declive, abriendo paso a perspectivas socialdemócratas, y a la radicalidad de los enfrentamientos antagónicos, entre posturas que llegarían a hacerse, o parecer, extremistas. Un sector de la intelectualidad, progresista, aunque interclasista, que entroncaba con el sector reformista del PSOE, achacaba todos los males al tradicionalismo, al analfabetismo, al que culpaban, erróneamente, de la ineficacia electoral, de la corrupción política. Como solución postulaban el abandono de todos los tópicos tradicionalistas españoles, el laicismo y la alfabetización, la enseñanza pública, laica, obligatoria, garantizada, controlada, dirigida y ofrecida directamente por el Estado, sin intermediarios. Es decir, lo mismo que los sectores progresistas pedimos hoy en día.

Todo ello se hunde en las profundidades del enciclopedismo, del primer liberalismo, en los escritos y planteamientos de Voltaire o de Rousseau. Pero también coincidía con las más modernas, para la época, tesis educativas, como el krausismo. Basado en ello se constituyó la Institución Libre de Enseñanza, base fundamental de la renovación de la vanguardia cultural española, y de los principales republicanistas. Este movimiento se denominó regeneracionismo, palabra que podría estar relacionada con la anterior renaixença, con la que tomó impulso el regionalismo catalán. Pero también como antónimo de corrupción, que, en términos biológicos, alude a la podredumbre, la degeneración y la muerte o extinción de razas o especies. Sin embargo el PSOE añadía algo más: exigía un reformismo social que mejorase la situación del proletariado, en línea con lo que había ocurrido en otros países. Los trabajadores de los sectores de servicios e industria suponían ya un tercio del total. Los trabajadores de los sectores de servicios e industria suponían ya un tercio del total. Sólo en Cataluña y País Vasco la industria, más la minería, legaban a emplear el 18% de la población activa. Esto supuso un crecimiento de la UGT en el que el PSOE confiaba para su triunfo electoral. Entre los sectores obreros había un sentimiento de que las verdaderas víctimas del desastre de Cuba habían sido ellos. Los ricos seguían siendo ricos. Los capitalistas indianos -por cuyos intereses, en realidad, se había mantenido la guerra- gracias al acuerdo con Estados Unidos, pudieron vender sus propiedades a los capitalistas estadounidenses, en peores o mejores condiciones (son las explotaciones, expropiadas por Fidel Castro, que reclaman los estadounidenses como justificación para invadir la isla, bombardearla, apoyar el terrorismo, el golpismo o el asesinato político: todos estos métodos los han intentado) y repatriar sus capitales.

En cambio la guerra la hicieron los pobres, ya que los “quintos” que podían pagar la “redención de quintas” se libraban de ella, corriendo el turno a la quinta parte que había quedado excedente del cupo. Los sectores marxistas, cada vez más minoritarios, defendían que la única solución posible debía ser revolucionaria. En esto coincidían con los anarquistas, a pesar de las muchas diferencias entre ambos respecto del concepto de revolución. Por otro lado el crecimiento de la UGT llevaba a constatar que los obreros exigían mejoras inmediatas en su condiciones de vida, que no podían posponerse indefinidamente hasta el triunfo revolucionario. Es lo que se llamaría, más adelante, anarcosindicalismo, una peculiaridad del anarquismo español que terminaría cristalizando el decenio de los 30 del siglo vigésimo, llevándole a un reformismo que no podía sino llegar a grandes contradicciones, que hubiera tenido una muy alentadora evolución, de no haber sido segada, como tantas otras cosas, por la rebelión fascista. A la vuelta del siglo España había alcanzado los 18.500.000 habitantes, y la agricultura seguía aportando casi la mitad de la producción, y absorbiendo dos tercios de la mano de obra disponible, unos cinco millones de personas. Esto era debido a las retrógradas técnicas de cultivo, causadas, a su vez, por una deficiente estructura de la propiedad de la tierra. En Galicia casi el 80% de las parcelas eran menores de 10 Hectáreas, mientras que en Andalucía más del 52% superaban las 100 H.A.. En Sevilla o Cádiz un 50% excedían las 250, llegando en Castellar de la Frontera, en dicha provincia, un solo propietario a poseer 17.141 H.A. del total de 17.506 del término municipal. Elevar la productividad, en tales condiciones, era imposible. Y sus propietarios ni siquiera llegaban a planteárselo, a considerar que hubiera una forma de cultivo distinta a la tradicional.

Sólo Barcelona y Madrid superaban el medio millón de ciudadanos, mientras que un tercio de la población habitaba poblados de menos de dos millares de vecinos. La renta per capita no alcanzaba la mitad de la de Gran Bretaña, Francia o Alemania en la misma época. El 64% de la población era analfabeta, si bien en algunas zonas se llegaba al 70%, superando el 80% las mujeres, como en el caso de Almería. La esperanza de vida no superaba los 35 años, manteniéndose estable desde la época de los Reyes Católicos. O de los romanos, según investigaciones realizadas en tumbas israelíes. Dos de cada diez niños morían antes de cumplir los 5 años. España era considerada insignificante por las grandes potencias, que mostraban un absoluto olvido respecto de ella. La coincidencia en congraciarse con Estados Unidos, procediendo al embargo a España de cualquier venta de material militar durante la guerra hispano-americana finisecular, demuestra las nulas probabilidades de éxito que le otorgaban. Carecía de capacidad de compra, tanto por la escasa renta media de sus habitantes como por la penuria hacendística, que imposibilitaban acceder a la financiación extranjera, además del inconveniente que suponía la proteccionista y restrictiva política arancelaria, exigida tanto por industriales catalanes y vascos como por los trigueros de la meseta. Sólo exportaba productos agrarios, especialmente cítricos valencianos, y de la minería. No existía turismo, inversiones, ciencia ni tecnología que pudiesen conseguir entrada de divisas. La emigración continuaba siendo el escape para los desesperados, especialmente a América, a la que arribaron medio millón de españoles hasta 1910, sobretodo a Argentina.

El distanciamiento económico, e incluso cultural, producido por la renaixença, había provocado un sentimiento diferenciador en Cataluña, que, unido a la desesperación de que en el resto de España se pudiese alcanzar un cambio político sustantivo, llevó a crear en 1901 la Lliga Regionalista de Catalunya: una contradicción de “modernidad” y romántico sentimentalismo prendido en la nostalgia del pasado. Hastiada del destino que le había correspondido, una mujer que no se consideraba atractiva, con un marido que la despreciaba, le era infiel sin ningún miramiento, decoro ni prudencia, llegando hasta los prostíbulos, en la confianza de que la censura de las publicaciones periódicas mantuviese ocultas sus indiscreciones, que, de todas formas, corrían de boca en boca, al que sólo le pudo dar herederas -con gran sentimiento de fracaso y de incumplimiento de lo que se esperaba de ella- excepto el póstumo, tuvo que soportar su enfermedad, contagiosísima e incurable en su época (a pesar de lo cual nos hacen creer que concibió de él, durante los últimos meses de la vida de éste, el heredero varón) su solitaria viudedad, su enfrentamiento ante el déspota sanguinario en que había llegado a convertirse Cánovas del Castillo, el Jefe del Gobierno que había heredado, y al que, aunque sustituyó en cuanto pudo, tenía que recurrir a causa de la corrupción política, los fracasos de Sagasta, y el turnismo pactado entre ambos, así como el poder terrorista (en parte real, en parte inventado: véase el artículo “Bajo el mando de Cánovas del Castillo”) del anarquismo y el desastre de Cuba, la regente dimitió. Alfonso XIII, con sólo 16 años, se convertía, en 1902, en rey absoluto y constitucional, la incoherencia parida por Cánovas del Castillo a imitación del II Imperio (Reich) alemán.

Los verdaderos amos del país seguían siendo los aristócratas (incluidos los títulos concedidos a los espadones liberales) y los terratenientes, por lo que muchos liberales seguían considerando la “revolución pendiente” (argumento apropiado por los Primo de Rivera y Franco, en un sentido fascista) hasta la consolidación democrática que traería el PSOE en los años ochenta del siglo que comenzaba: entre 40 y 200 años de retraso respecto de las naciones más avanzadas. Y también la Iglesia, aristocrática, terrateniente fundamento ideológico de monarquía, aristocracia y latifundistas, y monopolizadora de la enseñanza y la educación, tanto la escasísima popular como la elitista, al mismo tiempo. Así que a las clases medias, pequeños comerciantes, profesionales liberales, y bajo funcionariado, no les quedaba otra aspiración que el republicanismo o el PSOE, con todas sus contradicciones. Es decir, la desaparición del corrupto turnismo. Algo que se preveía imposible tanto por la desproporción del voto agrario, dominado por el caciquismo, como por la cerrazón abstencionista del anarquismo, que impedía contar con su voto para conseguir el cambio político. En 1895, durante la guerra chino-japonesa, Japón había conquistado Luchunkou, denominada Port Arthur por los británicos, Manchuria y las penínsulas de Kuan-Tong y Corea, pero se vio obligado a devolverlas por presiones de Rusia, Alemania y Francia. Sin embargo, en 1898, Rusia se lo alquiló a China, convirtiéndolo en el único puerto que no se helaba en invierno en el que podía situar su flota en el Pacífico. En 1900, tras la “guerra de los boxeadores” o boxers (en realidad practicantes de Kung-Fú) lo convirtió en conquista, que amplió a toda la península de Kuan-Tong, a Manchuria y a Corea.

Ante el riesgo que ello suponía para su dominio de China, en 1902 Gran Bretaña pactó con Japón un plan de construcción naval. Bajo esta amenaza Rusia prometió a Japón su retirada de dichos territorios. Ante su incumplimiento, en 1903, Japón propuso un acuerdo bilateral que respetara sus intereses comerciales en la zona, que Rusia rechazó, por lo que, el 6 de febrero del año siguiente rompió relaciones diplomáticas, aunque no llegó a declarar la guerra. Dos días más tarde, de noche, atacó dicho puerto por sorpresa con acorazados, cruceros, destructores y torpederos construidos en Gran Bretaña, Francia, Italia, Alemania, Estados Unidos y el propio Japón, iniciando la guerra ruso-japonesa. La flota rusa del Pacífico fue hundida. Más tarde también lo sería la del Báltico, que acudió para sustituirla. A todo ello se unía una enorme mortandad (por ambos bandos) en los combates en tierra. El inicial patrioterismo popular se tornó en violentas críticas contra la jerarquía militar, su desastrosa dirección de la guerra y organización de los suministros y refuerzos. Una manifestación, encabezada por un Pope, posiblemente para recuperar la ascendencia eclesiástica sobre los trabajadores, que estaba siendo sustituida por el anarquismo, se dirigió al Palacio de Invierno para pedir al zar mejoras laborales. El ejército disparó contra ellos, a pesar de congregar a familias enteras. Según las publicaciones periódicas hubo miles de muertos. En protesta los sindicatos convocaron la huelga general, llegando a movilizar 400.000 trabajadores. Se unieron los campesinos que pedían la reforma agraria, la intelectualidad, que pedía libertades cívicas, el fin de la censura de las publicaciones y de la democracia censitaria (el mismo sistema que existió en España hasta 1890: ver el artículo “Bajo el mando de Cánovas del Castillo”) y las nacionalidades oprimidas la independencia.

Se paralizaron todos los ferrocarriles y la insurrección llegó a las bases navales de Sebastopol, Vladivostock y Kronstadt, y se amotinó la marinería del acorazado Príncipe Potemkin, lo que se supone que costó la vida a más de 2.000 marineros. La situación, aunque estalló espontáneamente, se había convertido en revolucionaria. Se la denominó la I Revolución Rusa. Durante la II, la que destronó al zar y trajo la república, ocurriría lo mismo. No así durante la III, perfectamente planeada por los “bolcheviques”. En la capital imperial, Sankt Peterburg, se organizó un consejo (en ruso soviet) o asamblea de representantes de sindicatos y partidos políticos de izquierda, los que tenían influencia entre los obreros, para organizar la huelga. Era la primera vez que los anarquistas estaban dispuestos a llegar a acuerdos con nadie que no fueran ellos mismos. A pesar de que la I revolución terminó en fracaso, los marxistas de todo el mundo comprendieron que el sistema soviético constituía un magnífico sistema para unificar criterios y cooperar en procesos revolucionarios. El zar concluyó que cualquier concesión sería considerada una debilidad y apostó por medidas aún más represivas: disolvió el Parlamento consultivo (Duma) que podía proponer leyes al zar, pero que no podía aprobarlas (similar a lo que ocurre actualmente con el Presidente de Estados Unidos, que puede negarse a promulgar leyes aprobadas por la Cámara de Representantes, si bien en dicho país, tras un complicado y largo proceso, sólo iniciado en dos ocasiones, la última contra Nixon, y ninguna concluido, que exige una mayoría muy cualificada del Congreso y el Senado, en votación nominal conjunta, se puede declarar indigno, impeachment, y destituirlo) lo que iba a tener consecuencias en el descrédito hacia la derecha y el apoyo a los perseguidos partidos de izquierdas y organizó una cruelísima represión.

En definitiva Japón pasaba a ser una gran potencia imperialista mientras que el zar dejaba de ser una amenaza para Europa, un bastión del conservadurismo, si bien sus métodos para acabar con los revolucionarios se entendieron como ejemplares por todas las potencias, lo que sería desmentido por los hechos sólo doce años después. En ayuda de Rusia, para evitar que el tamdem imperial nipón-británico pudiera excluirle del comercio con China, Estados Unidos obligó a Japón a devolver los terrenos conquistados con tan alta mortandad, aunque triunfalmente, lo que insufló un odio popular que clamaba venganza. Alfonso XIII, desde el comienzo de su reinado, trató de romper el aislamiento internacional en que España, tras su pérdida de importancia, y por resentimiento por la complicidad de los demás en la guerra hispano-americana, había caído. Ningún otro rey hizo tantas visitas al extranjero y a todas las provincias españolas. Comenzó conectando con Alemania, Gran Bretaña y Francia. En 1905, durante su estancia en Londres, Eduardo VII le ofreció una fiesta en la que conoció a la princesa Victoria Eugenia Battenberg, nieta de la emperatriz Victoria, sobrina del hijo de ésta, Eduardo VII, reinante en el Imperio Británico, y ahijada de la granadina condesa de Teba y de Montijo, Eugenia Palafox de Guzmán Portocarrero y Kirkpatrick, viuda del emperador Napoleón III de Francia. Durante el viaje a este último país, junto con su Presidente, sufrieron un ataque anarquista, en el que resultaron ilesos. En un año, en 1906, recién cumplidos los 20 de edad, contrajo matrimonio con “Ena”. Era una unión desigual: un rey coronado, reinante, con alguien que no pertenecía, directamente, al núcleo de una familia reinante. Pero la España de la época no podía aspirar a más.  

Mucho se ha escrito sobre lo romántico de las relaciones, a las que la madre del rey se opuso, no sólo por la diferencia de rango sino por pertenecer a la Iglesia Reformada (protestante) lo que se “solucionó” bautizándola dos veces, en Nottigham y en Madrid, unos días antes de la boda, y por los antecedentes hemofílicos de su familia. Efectivamente el primogénito de los reyes nació hemofílico, muriendo en 1938. El segundo hijo quedó sordomudo por una operación en la infancia, por lo que renunció a sus derechos dinásticos a favor de su hermano Juan, quién no lo haría a favor de su hijo, Juan Carlos I, hasta después de haber sido coronado, poco antes de celebrarse las primeras democráticas, que llegarían a ser constituyentes, desde la II República. También fue hemofílico el hijo menor de la pareja real, la cual terminaría en divorcio, ya en el exilio, debido a las muchas infidelidades del monarca, que tuvo otros tres hijos, de una aristócrata francesa y una actriz española. No se conocen los motivos por lo que la reina, inglesa de nacimiento, aunque nieta del alemán príncipe de Hesse, fue expulsada del Reino Unido de la Gran Bretaña durante la II Guerra Mundial, fijando su residencia en Suiza. Pero dicho enlace real (¿también?) sería conveniente para un nuevo imperialismo español. El imperio británico hubiese sido el aliado ideal en 1898, no para la misión imposible de derrotar a Estados Unidos, pero sí para evitar la entrada en guerra por el conflicto cubano, o, al menos, para impedir el bloqueo marítimo de Cuba, lo que hubiese permitido el reaprovisionamiento y refuerzo de las tropas, o romper el embargo armamentístico sufrido por España en tan terrible momento.

Si tales fueron las intenciones del rey, suponía acercarse a los que el pueblo considerada cómplices en tal desastre, acabar con la prudente política internacional de la regencia tras del mismo, y volver a unas aspiraciones que supondrían el retorno al militarismo y el decidido triunfo de sus postulados, el conservadurismo y, finalmente, el despotismo, en línea con el zar de Rusia, esposo de una prima de Victoria Eugenia. Camino de palacio un anarquista arrojó una bomba envuelta en un ramo de flores, desde un balcón. Rebotó en la capota, plegada, de la calesa real, y cayó en el cortejo, causando muchos muertos y heridos entre séquito y muchedumbre, que aclamaba a los recién casados. También en 1906 contrajo matrimonio José Millán-Astray (que unió los dos apellidos de su padre, director de la Cárcel Modelo de Madrid) y Terreros, alférez a los 16 años, cuando marchó voluntario a Filipinas, donde, con sólo 30 hombres, defendió heroicamente una posición atacada por un importantísimo contingente de rebeldes tagalos, por lo que recibió la Cruz de María Cristina, la máxima condecoración al valor en aquella época. Fue allí donde comenzó a concebir la idea de crear un cuerpo de voluntarios extranjeros, malhechores o convictos, para las guerras coloniales, a imitación de la Legión Extranjera francesa, que tantos éxitos había obtenido en Argelia. El fin del imperio español le hizo olvidar tal proyecto. Se dice que, la misma noche de bodas, su esposa le confesó que había jurado mantenerse casta toda su vida, y que él respetó, lo que ayudaría a explicar su loco comportamiento, y que en 1941 la abandonara, huyendo a Lisboa con su amante, prima del filósofo Ortega y Gasset.

Dadas las relaciones cuasipaterno-filiares, de modelo a imitar y de admiración mutua, que sostuvieron Millán-Astray y Franco, cabe la sospecha de si la relación de este último, herido en Marruecos en un testículo, con su esposa, a la que no veía durante años, al menos en un principio, no tuvo alguna semejanza, y no contribuyó también a su locura.

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