El desastre de Cuba

 

Como continuación al anterior artículo, “Bajo el mando de Cánovas del Castillo”, debemos destacar que la prensa “amarilla” (sensacionalista, caracterizada por resaltar sus tiras cómicas con una segunda tinta de dicho color) estadounidense, capitaneada por las cadenas de Pulitzer y Hearst,  inició una campaña contra la opresión española y por una Cuba libre, antes de que un acuerdo para el gobierno autonómico de la isla pudiera incorporar a los independentistas. La primera medida fue intentar comprar la isla. Pero la regenta no podía venderla sin poner en peligro, de nuevo, la dinastía. Estados Unidos envió a La Habana al acorazado “U.S.S. (en siglas, en inglés, United States Ship, Buque de Estados Unidos, imitando a H.M.S., His Majesty Ship en inglés, Buque de Su Majestad, británica, por supuesto) Maine”, ya viejo y obsoleto, con la justificación de proteger las vidas y propiedades estadounidenses. Theodor Roosevelt, Ministro de Defensa accidental, por ausencia del titular, envió seis grandes navíos a Jong-Kong, a la espera de lo que pudiese suceder. Una explosión acabó con el “U.S.S. Maine”, mientras su oficialidad participaba en un baile ofrecido por los gobernantes españoles. Estados Unidos lo utilizó como excusa para pedir el abandono de Cuba. Más lógico era suponer que lo habían volado los insurrectos con tal intención. Investigaciones submarinas han demostrado que la explosión se produjo en el interior. Los españoles siempre hemos mantenido que fueron los propios estadounidenses quienes lo dinamitaron. Documentos de la Operación Mangosta (intento de invasión posterior a la fracasada de Playa Girón, denominada por Estados Unidos como Bahía de Cochinos) parecen apoyar tal hipótesis. Teniendo en cuenta que fallecieron 260 de sus 355 tripulantes parece una suposición excesiva.

No obstante en los primeros (o últimos, según se mire) artículos de mi blog http://quediario.com/blogs/14167/ se plantea la posibilidad de que el Gobierno estadounidense organizase o, al menos, conociera y permitiese el ataque terrorista contra las Torres Gemelas de Nueva York, para justificar la invasión de Afjanistán e Irak, para una futura conquista de Irán, que permitiría desviar el petróleo que hoy llega a Europa a través de Rusia hacia el océano Indico, consiguiendo la sumisión total del Continente. Igual que simuló, aduciendo detecciones por R.A.D.A.R. no confirmadas, un ataque contra la base aeronaval de la República Independiente de Vietnam del Sur para justificar los bombardeos con armas de destrucción masiva de la República Democrática y Popular de Vietnam. O conocía que iba a ser atacado el Puerto de la Perla (en inglés Pearl Harbor) al expirar los tres meses de ultimatum aviso para que Japón abandonase las Indias Occidentales Holandesas y sus pozos de petróleo, negociadas con Hitler tras su invasión de Holanda, bajo la amenaza de invadir el archipiélago nipón, y obstruyó la declaración de guerra japonesa hasta que se confirmó el bombardeo, para cambiar la opinión pública contraria a la guerra. O no hizo nada por impedir que el Lusitania partiera hacia Gran Bretaña, a pesar de las amenazas alemanas, utilizando su hundimiento como excusa para inmiscuirse en la I Guerra Mundial. O, como se puede inferir de uno de los últimos (o primeros, según se mire) artículos de dicho blog, “Se confirma la tesis de la conjura en el juicio por los ataques terroristas del 11 de marzo del 2.003”, en el que se analizan las dudas sobre si el Gobierno de Aznar organizó o, al menos, conocía y permitió el ataque terrorista contra los trenes de cercanía de Atocha con la intención de obtener mayoría absoluta, la única que le hubiese permitido gobernar, tras su enfrentamiento con toda la oposición democrática, en las elecciones del 14 de marzo siguiente.

España interpretó la resolución estadounidense pidiendo el abandono de Cuba como una declaración de guerra. Fue la peor decisión diplomática que jamás se haya adoptado. Sin embargo Estados Unidos no atacó Cuba, como era de esperar, sino que los buques anclados en Jong-Kong se dirigieron a Manila, donde, en pocas horas, hundieron toda la flota española del Pacífico, desde fuera del alcance de nuestros cañones. Ante tales hechos el Gobierno de Sagasta llegó a la conclusión de que debía capitular. Pero Estados Unidos no sólo se pidió Cuba, sino también Filipinas (cruelmente “pacificada” por los Generales Polavieja y Fernando Primo de Rivera) e incluso Puerto Rico, que había permanecido pacíficamente bajo el imperio español desde tiempos de Christobolo Colombo, y, sobretodo, se negaba a un “acuerdo” diplomático. Pretendía una victoria militar, sangrienta, contra una potencia (aunque ya de tercer orden) europea, que lo catapultara al primer nivel de potencias mundiales: habían encontrado un enemigo a la medida y no estaban dispuestos a desperdiciar la ocasión. Era como matar indios o búfalos en las inmensas praderas del medio oeste, desde los asientos del ferrocarril. Es lo mismo que hizo Hitler con Polonia 41 años después, a pesar de que Gran Bretaña ya había negociado con el gobierno polaco la cesión de parte de su territorio a los alemanes, a fin de evitar la guerra. Pero Hitler tampoco quería una cesión  pacífica, sino causar terror (es decir, terrorismo) a todos los que se le pudieran oponer en el futuro, demostrar su potencia militar. El Almirante Pascual Cervera Topete era partidario de la independencia de Cuba, porque, incluso derrotando a los insurrectos, consideraba que ya se habían perdido las simpatías de los isleños.

A la vista de los acontecimientos, recomendó evitar la guerra con Estados Unidos, vaticinando que sólo serviría para que Cuba fuese dirigida por fuerzas extranjeras, y que la Escuadra de Operaciones de la Antilla, compuesta de 6 navíos, no se pusiera al alcance de la flota estadounidense, anticipando que sería repetir el episodio de Trafalgar. El Gobierno consideró que ello desmoralizaría a las tropas españolas, demostrando que no podrían recibir refuerzos ni reabastecimientos, como así era en realidad. De modo que el Ministro de Ultramar, Segismundo Moret y Prendergast, que había participado en la redacción de la Constitución de 1869, había defendido la abolición de la esclavitud, aún a sabiendas de que costaría la insurrección de los grandes hacendados cubanos, y decretado la autonomía de Cuba y Puerto Rico, tras ser denegada por la mayoría del Congreso, con miope visión de lo que estaba ocurriendo, no sólo no le cesó como jefe de dicha escuadra antillana, en la que era su ayudante de Estado Mayor su hijo, Angel Cervera Jácome, sino que ordenó que se dirigiera a Cuba. Esto permitió que Estados Unidos inmovilizara dicha flota en Santiago de Cuba, aunque no se atrevieron a acercarse al puerto. Así que prepararon una flota de desembarco y sus tropas conquistaron las playas no defendidas de Guantánamo, a 60 kmtrs. de la ciudad, tratando de apoderarse de la escuadra española. Indudablemente no tenía, para ellos, ninguna utilidad, dada su obsolescencia: era, simplemente, una pieza de caza, el trofeo que probaría su victoria. El Almirante Cervera propuso el abandono nocturno del puerto, intentando sorprender y zafarse del bloqueo marítimo. En realidad no hubiera sido muy práctico: dada la mayor velocidad de los buques estadounidenses los habrían alcanzado persiguiéndolos por el océano, aunque cabía la posibilidad de que algunos de ellos hubiesen escapado.

Había el precedente de la arribada a puerto, eludiendo el bloqueo norteamericano. En realidad los buques españoles eran tan lentos que el comodoro estadounidense no podía imaginarse la posición en la que estaban, buscándolos en zonas distintas. El Gobierno rechazó la proposición, aduciendo que las escolleras de los arrecifes producirían muchos naufragios. Más aún se iban a producir. Posiblemente, en el fondo, aunque sin declararlo, le pareció que una huida nocturna era una actitud cobarde. El ejército español carecía de ametralladoras. Tampoco las necesitaba. La guerra se había desarrollado en las junglas, la maleza, la sierra y los pantanos, los lugares más propicios para los sublevados, donde las ametralladoras no tenían ninguna utilidad. Ahora debían enfrentarse a un ejército regular, ayudados por aventureros voluntarios, que marchaba a campo descubierto, provisto de ametralladoras y superioridad artillera, si querían mantener la ya ficción de potencia dominante, imperial, sobre la isla. Estados Unidos siempre ha intervenido en todas las guerras, declaradas o no, con superioridad de medios. Desde el genocidio de los indígenas. Durante el desembarco de Normandía, en cuanto consolidaron las cabezas de playa, aquella misma noche, disparaban sus cañones a discreción, sin limitación de amunicionamiento, mientras los alemanes sólo disponían de un obús por cada cinco minutos, durante los dos primeros días, y después fue mucho peor, al agotárseles las reservas.

De las batallas desarrolladas en Cuba, en las que intervino el propio Roosevelt, lo que le sirvió para conseguir la Presidencia, la prensa “amarilla” estadounidense hizo, además de un inmenso negocio, una patética fabulación de heroísmo, bastante personalizada en su “candidato”, de la que iba a beneficiarse electoralmente. Para analizar adecuadamente tal actuación debemos conocer el contenido de las cantimploras yankees. En Cuba el ron, destilado de azúcar, es muy barato. El azúcar moreno produce un ron ligeramente coloreado, semejante a la bebida “sucia”, en inglés whiskey. Si el azúcar es blanca, depurada, el ron es transparente. Los estadounidenses lo utilizaron para rellenar las cantimploras, simulando agua. Así que la oficialidad tuvo que dedicarse a la inspección olfativa de las mismas. Un médico estadounidense le había robado la fórmula de los trances adivinatorios a los indios brasileños. La patentó a su nombre exclusivo, beneficiado por la legislación estadounidense de patentes, que protege la piratería de sus ciudadanos al tiempo que niega el derecho a la vida y a los medicamentos a los que carezcan de fortunas para pagárselos. No es la única vez que ha ocurrido. La aspirina es el cristalizado de una infusión de una mimbrácea que crece salvaje en las orillas de los ríos, por ejemplo de Andalucía, donde la compra la casa Bayer, que utilizaban como antipirético los gitanos. Recientemente le han vuelto a robar, a los "salvajes" e "incultos" indios brasileños, una medicación que se puede utilizar contra el síndrome de la deficiencia inmunológica adquirida, patentando la planta que la produce (¿cómo pueden permitir la patente de un ser vivo? ¿podrán patentar el genoma humano y exigirnos un impuesto “revolucionario”, un canon, a quienes lo tengamos, bajo amenaza de matarnos si lo utilizamos sin derecho de patente?) impidiéndoles que puedan utilizarlo o colectar dicha planta.

Y justifican le derecho a patente (¿de corso, de inmatriculación en Córcega, declarada infiel por el Papa por vender armas a los piratas mahometanos, por lo que su Gobierno no perseguía a los que se dedicasen a tal “negocio”, puesto que no les afectaba ningún Tratado internacional?) en que hay que pagar los costes de investigación, sin la cual no habría progreso. No parece que tal patente esté justificada cuando se basa en un robo, sin exigir ninguna documentación acreditativa de tal proceso investigativo. También ha ocurrido contra el síndrome de la deficiencia inmunológica adquirida, y contra todo tipo de virus, incluida la gripe y la gripe o peste aviar (posiblemente un episodio más de la guerra infecciosa que Estados Unidos debe estar llevando a cabo contra China y sus aliados, hasta que el pretendido escudo contra cohetes permita aniquilar impunemente a su peor enemigo, el segundo productor industrial mundial actual, a ocho años vista de arrebatarle la primacía a los estadounidenses) se ha demostrado útil el árbol del anís estrellado, que crece salvaje en ambas Coreas, China y Vietnam, con el que se fabrica el Tamiflú, cuya patente es propiedad de Ronald Rumsfeld, Ministro de Defensa de (am)Bush II, que, tras haber comprado dos cosechas anuales consecutivas de dicha planta, consiguió que la Organización Mundial del Comercio, perdón, quise decir de la Salud, recomendó a todos los Gobiernos que acaparasen, sin preocuparse por las consecuencia de desabastecimiento y encarecimiento que podía provocar para los enfermos del síndrome de la deficiencia inmunológica adquirida. El bebedizo eufórico que el médico estadounidense robó a los indígenas brasileños se fabricaba con hojas de coca y raíces de cola.

Así que lo denominó Coca-Cola. Su color recordaba a la zarzaparrilla, por lo que se le ocurrió recomendarlo para los alcohólicos que pretendieran dejar la bebida… habitual. Y dio resultado. Al contrario que la zarzaparrilla la Coca-Cola producía adicción. Tenía mejor sabor, que se mejoraba porque, al fabricarlo industrialmente, decidieron añadirle azúcar. Como las hojas de coca debían fermentar, el producto contenía anhídrido carbónico. Esto lo hacía más aceptable que la zarzaparrilla. Industrialmente decidieron añadirle más dióxido de carbono. Así era como se fabricaba el agua de Seltz (en España conocida popularmente como “sifón”, porque el gas empujaba al líquido, que salía sólo de la botella, como aspirado por un tubo sifónico) o soda, que se empleaba para mezclarla con otras bebidas alcohólicas insípidas o de sabor desagradable, de tomarse puras. De este modo, mientras la zarzaparrilla era considerada como bebistrajo para señoritas remilgadas, abstemios o alcohólicos “redimidos”, la Coca-Cola tenía gran aceptación social, para todos los públicos, sobretodo los más jóvenes. Sobretodo si, tras pedirla en una taberna, se sacaba una botella de petaca de la chaqueta y se vertía algo de ella, que todo el mundo pensaba que sería una bebida alcohólica, más barata si se la traía de casa. Más tarde se supo el motivo de dicha aceptación y adicción: la cocaína era una droga. Cuando organizaciones médicas comenzaron a pedir su prohibición decidirían cambiar la coca por cafeína, otra droga, también adictiva, que puede ocasionar trastornos cardiovasculares, incluidos accidentes cerebrales, irritabilidad, conducta agresiva, conducción temeraria e insomnio, pero autorizada, ya que es un componente del habitual café.

Determinadas charlas contra el ron a los soldados estadounidenses en Cuba, siguiendo la moda de la época, recomendaban sustituirlo por la Coca-Cola. Así que las cantimploras se rellenaron de dicha droga. En muchas ocasiones no en sustitución, sino mezclada con ron. La Coca-Cola absorbía parte del olor del ron, por lo que era más difícil de detectar. Ante la menor ocasión los soldados levantaban sus cantimploras y brindaban por una Cuba libre… de españoles. Hoy conocemos los efectos imprevisibles de la cocaína mezclada con alcohol. Este es el “secreto” de la presunta heroicidad que tanto explotaron las revistas periódicas “amarillas” (como el color predominante en las portadas de la revista infantil TBO) estadounidenses. El 3 de julio, con las tropas estadounidenses cercanas a Santiago, se ordenó una salida desesperada a la Escuadra del angosto puerto, aún más reducido por el hundimiento de un mercante estadounidense. El almirante escribió a su hermano que era un suicido. Los 6 buques españoles tuvieron que desfilar, uno a uno, ante los 26 norteamericanos. Cervera informó que la maniobra fue perfecta, recibiendo elogios de sus captores. Según las órdenes que había recibido debía salir primero el buque insignia, escogiendo al enemigo y enzarzándose en combate, lo que daría opciones de escapar a los demás. Disparó contra un acorazado y embistió, a toda máquina, contra el crucero Brooklyn, el mejor de los armados entre los más rápidos, el mayor peligro en la posterior persecución, al que alcanzó al crucero estadounidense con su artillería, obligándole a virar en redondo para evitar la acometida, lo que causó el desconcierto en la línea de combate de su Flota. Pero recibió dos andanadas del acorazado Iowa, que acertaron en una tubería de vapor, mermando su velocidad, inutilizando los ascensores de municiones e impidiendo operar bajo cubierta, por lo que no se pudo continuar el combate, en otra de la red de extinción de incendios y en el puesto de mando, que dejó fuera de combate al comandante y muchos oficiales.

El propio Almirante tuvo que dirigir el buque y embarrancarlo, ya que el incendio comenzaba a estallar la munición de 57 mm. de los depósitos de las baterías de proximidad. La nave quedó a 200 mtrs. de la playa, y, tras consultar con los tres siguientes oficiales sobre la posibilidad de resistencia, se abandonó. Como la mayoría de los botes habían sido alcanzados, parte de la tripulación, incluido el Almirante y el herido comandante del navío, ayudados por buenos nadadores, entre otros el hijo del Almirante, ganó la playa a nado. Botes estadounidenses los recogieron. Poco después el buque terminó de estallar. Sufrieron 70 muertes. En segundo lugar, siguiendo lo ordenado al jefe de la Escuadra, salió el Vizcaya. Estaba previsto que tomase el mando de la Escuadra en su huida, pero tuvo que soportar el bombardeo de 4 buques durante hora y media. Con todos tus cañones inutilizados intentó embestir al Brooklyn. Pero, con su velocidad muy mermada, éste lo esquivó con facilidad. Ardiendo completamente, ya que las bombas de la red contraincendios habían dejado de funcionar, disparó todos sus torpedos, excepto los de popa, que reservó para defenderse, y embarrancó, tras sufrir 100 muertos, entre ellos los oficiales de mayor graduación. Colaboraron en ello botes estadounidenses e insurrectos. Poco después comenzó a estallar. En tercer lugar, según las órdenes recibidas, salió el Cristóbal Colón, recientemente construido, pero que carecía de artillería principal, adquirida a Alemania, y bloqueada por el embargo militar decretado por dicha potencia, Gran Bretaña y Francia contra España. Un antecedente de lo que iba a ocurrir durante la sedición franquista.

Así que tuvo que enfrentarse con sólo su artillería secundaria de 152 mm. contra cuatro buques que, además de la artillería secundaria, operaban piezas de entre 330 y 203 mm.. Aún así consiguió dos impactos contra el Iowa, y ganaba en velocidad a sus perseguidores. Pero, a la una de la tarde, había agotado el carbón de buena calidad, comenzando a consumir el pulverizado repostado en Santiago, por lo que fue perdiendo impulso, hasta ser alcanzado por cinco buques. Embarrancó y arrió la bandera de combate. Los buques estadounidenses intentaron remorcarlo, pero los españoles abrieron las espitas del fondo y el buque escoró hasta volcar por su borda y hundirse. En cuarto lugar, según el orden establecido, salió el Almirante Oquendo, que fue bombardeado por el Iowa, hasta que destruyó su torreta de proa y su sala de torpedos, originando un incendio. Sólo un cañón de 140 mm. continuaba disparando (antes de la batalla el Almirante había comunicado defectos en tales piezas y sus municiones; cuando se le dio orden de dirigirse a Cuba, sin poder presentar sus objeciones en Madrid; se le preguntó qué deseaba para mejorar la Escuadra, respondiendo que 500.000 toneladas de carbón y 10.000 proyectiles para hacer ejercicio, lo que no impediría que fuese un Trafalgar) a cargo de un teniente de navío herido y dos marineros, con su ascensor de municiones inutilizado (el mismo problema se repitió en casi todos los buques) por lo que, entre los tres, debían acarrear manualmente la munición. Tras sufrir 80 muertos, entre los que se contaba su comandante, que se había suicidado, y completamente en llamas, varó. Por último salieron los dos destructores. Estaba previsto que, dada su menor coraza y mayor velocidad, adelantaran a las demás unidades y se pusieran a salvo sin trabar combate. Pero, ante la visión de que todos los demás habían sido atrapados, decidieron atraer el fuego de las grandes unidades estadounidenses, por la amenaza de sus torpedos, dando opción a escapar a los demás.

Sus cañones de 75 mm. no eran oponentes para sus enemigos. Al poco tiempo habían sido acallados los del Furor, alcanzado su comandante y su sala de máquinas, tras lo cual se hundió. El Plutón, lanzado por su comandante a toda máquina contra la línea enemiga, fue alcanzado en la caldera y los pañoles, por lo que viró en redondo y embarrancó. Sólo hubo 21 supervivientes. Para justificar el desastre el Gobierno español respondió que más valía honra sin barcos que barcos sin honra. Lo bueno hubiera sido conservar ambos. Y los entre 350 y 600 marinos que murieron. Menos de los que Cervecera preveía. Sólo entonces Estados Unidos aceptó la rendición incondicional de España, con la entrega de Filipinas, Guam, Cuba y Puerto Rico, si bien por el Tratado de Paris del mismo año se dulcificaron las condiciones, estableciéndose un pago compensatorio por parte de Estados Unidos (que había sufrido 358 muertos por heridas de guerra y unos 2.000 por la malaria y otras enfermedades) de 20.000.000 de dólares. Comparado con los 300.000.000 de dólares que había ofrecido en su ultimátum aviso a cambio de abandonar la isla, que España interpretó como una directa declaración de guerra, resulta una auténtica ironía. Además de las muertes, sufrimientos y costes de una guerra que bien podía haberse evitado. En la metrópoli, donde no se había informado de la realidad de la situación (por ejemplo, las publicaciones periódicas insistían que Estados Unidos carecían de Marina de Guerra, retrotrayendo la “información” a 50 años antes, a la situación muy anterior a la Guerra de Secesión) igual que ocurriría durante la guerra de 1936, la conmoción fue inenarrable. La regente, impresionada por el asesinato de Cánovas y la derrota de Cuba, manifestó que deseaba dimitir e irse de España, y que si no lo hacía era por defender la corona para su hijo.

En el año siguiente se vendió las islas Marianas y otros pequeños enclaves en el Pacífico a Alemania: era imposible mantener su dominio sin una Flota en dicho océano. Durante la I Guerra Mundial serían conquistados por Japón, y durante la II por Estados Unidos, principal beneficiaria de la desaparición de los demás imperios. Pero los más sorprendidos fueron los propios independentistas. En cuanto se dieron cuenta de que sólo habían cambiado unos amos por otros comenzaron a hostigar a los nuevos dominadores. De inmediato pasaron de ser considerados luchadores por la libertad a terroristas, fanáticos mahometanos (en el caso de los tagalos filipinos) comunistas, o todo ello a la vez. La independencia de Cuba no fue reconocida hasta 1902, después de obligar el gobernador militar de Estados Unidos en Cuba, en 1901, a los independentistas a aceptar la llamada “enmienda (del senador estadounidense Orville H.) Platt” a su proyecto constituyente, por el que se les obligaba a no reconocer la soberanía sobre la isla de Pinos, a vender o arrendar a Estados Unidos las tierras para carboneras o estaciones navales que en el futuro se acordarán con el Presidente de dicho país, para su propia defensa, para poder “mantener la independencia de Cuba”, y a consentir la intervención de Estados Unidos para asegurar un Gobierno adecuado para la protección de vidas, propiedad y libertad, y el cumplimiento de las obligaciones contraídas (impuestas) por Estados Unidos en el Tratado de Paz de París con (a) España, se les prohibía ningún Tratado o convenio con ningún Poder extranjero que le permitiera asiento o control, por colonización o para propósitos militares o navales, sobre ninguna parte de la isla, ni asumir deuda pública cuya amortización e intereses no puedan compensarse con superavit ordinario.

Contradictorio con dicha imposición, en 1903 se obligó al primer Presidente de Cuba a conceder a perpetuidad a Estados Unidos la bahía de Guantánamo para instalar una base naval, aunque se reconocía la soberanía nominal cubana. En 1905, haciendo uso de la “enmienda Platt”, se invadió de nuevo la isla durante 3 años. Esta situación se repetiría con nuevas invasiones. En 1925 Estados Unidos devolvió a Cuba la soberanía sobre la isla de Pinos. En 1934, por fin, fue anulada dicha “enmienda Platt”, aunque, en realidad, la isla era gobernada a través y en beneficio de gansters estadounidenses, en defensa de los cuales y sus “negocios” apoyó la cruelísima dictadura del autoproclamado General Fulgencio Batista, que no obtuvo ninguna condena internacional por sus inmensas violaciones de libertades y derechos humanos. Sólo la revolución de Fidel Castro acabó con dicho Gobierno despótico, y consiguió la auténtica independencia, que no han logrado extender a Guantánamo, a pesar de los muchos requerimientos y exigencias en todos los organismos internacionales. Filipinas no fue declarada nominalmente independiente hasta 1946, si bien se implantó una dictadura que favorecía y obedecía en todo a Estados Unidos, únicamente interrumpida durante los pocos años que duró el Gobierno de Corazón Aquino, hasta que un golpe de Estado, apoyado por Estados Unidos, acabó con ella, igual que hicieron, repetidamente, en Haití, últimamente con el apoyo de tropas de ocupación españolas, que impiden el libre y soberano ejercicio del Gobierno elegido democráticamente, que no gustó a Estados Unidos, como tampoco el elegido en Palestina, en Irak o en Afjanistán.

Ni Guam, ni el archipiélago de las Marianas ni Puerto Rico han conseguido aún la salida de las tropas estadounidenses de ocupación, ni el reconocimiento de su independencia. Los independentistas portorriqueños, e incluso los que defienden la cooficialidad del español, son perseguidos ilegalmente, acusados de comunismo o terrorismo, violando todos sus derechos humanos, sin que ningún Gobierno denuncie tales hechos.

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