LA REVOLUCION FRANCESA según Isaac Asimov

 

            Luis XVI1 y su reina, María Antonieta (1755-1793), con la que se había casado en 1770, estuvieron marcados por la desdicha. Luis XVI era un gobernante amable, de moral ejemplar, pero no muy inteligente y sin voluntad. María Antonieta no era mala persona, tenía un físico agradable y hubiera podido hacerse popular con facilidad, pero era indolente, de pocas luces y pródiga. Era hija de María Teresa2, la reina austríaca, quien constante aunque inútilmente la exhortaba a observar una conducta más juiciosa, advirtiéndole que, de no corregirse, acabaría mal. Por entonces los franceses detestaban desde hacía largo tiempo a los austríacos.

            Luis XVI trató de ser un “déspota benévolo”3, hasta donde su propia capacidad se lo permitía, y escogió a algunos ministros que trataron de reformar las finanzas de la nación. Pero ésta fue una tarea inútil, pues la sociedad se resistía a esa reforma. La aristocracia y el clero estaban libres4 de impuestos, y muchos de sus representantes eran dueños de vastas propiedades y llevaban unas existencias lujosas y parasitarias5. Para reformar la nación, estos parásitos6 hubieran debido ahorrar, pero resultaba vano esperar de ellos semejante cosa. Los impuestos se arrancaban a quienes estaban en peores condiciones para pagar, y el gobierno francés se hallaba siempre al borde de la bancarrota.

            Para empeorar la situación, Francia no podía cumplir su anhelo de venganza contra Gran Bretaña por haber demolido su imperio ultramarino7 en Norteamérica y la India. Cuando las colonias británicas de Norteamérica se rebelaron contra la metrópoli, Francia optó por apoyarlas, y eso la llevó a la guerra con Gran Bretaña.

            Lo cual constituyó un error por partida doble. Al apoyar a las colonias, muchos franceses creyeron que era meritorio rebelarse contra el gobierno. En segundo lugar, Francia gastó en esta empresa unos recursos que debiera haber ahorrado, de manera que al término de la guerra de independencia americana se hallaba en peor situación que nunca.

            Charles-Alexandre de Calonne (1734-1802), ministro de Finanzas tras esa con­tien­da, sólo pudo mantener el gobierno a flote acudiendo al crédito, con lo que el déficit fue creciendo más y más.

            Mientras tanto, en 1785 María Antonieta se vio envuelta en un escándalo rela­cio­nado con un collar carísimo. Ella lo había rechazado por demasiado costoso, considerando el déficit del Estado. Pero algunos estafadores, utilizando a una doble de Ma­ría Antonieta, engañaron a Louis-René-Edmond de Rohan (1734-1803) para que ad­qui­riese el collar por cuenta de la reina, y a continuación se apoderaron de él. Cuando se le reclamó el dinero a la soberana, ella negó tener conocimiento del asunto, e insistió en procesar a Rohan y a otros.

            Parece que María Antonieta fue completamente inocente, pero el caso se llevó tan mal, y creció de tal modo su reputación de derrochadora sin escrúpulos, que la opi­nión pública terminó dispuesta a creer cualquier cosa que se dijera de la reina, como que había tratado realmente de apoderarse del collar para defraudar a continuación a los joyeros y a Rohan. En lo sucesivo, tuvo el desprecio de un número creciente de franceses, que se referían a ella como “la austríaca” o “Madame Deficit”.

            En 1787 la situación era desesperada, y el 22 de febrero de este año se convocó una “asamblea de notables” para tratar el problema8. Pero los notables eran precisamente los que no pagaban impuestos ni deseaban pagarlos, y los que insistían en conservar sus privilegios, de modo que no tomaron medida alguna.

            Finalmente, la desesperación creció hasta el punto de que lo único en lo que podía pensar el pueblo era en convocar los Estados9 generales10. Eran éstos un cuerpo legislativo medieval en el que se hallaban representados los tres estados11: el primero o alto clero, el segundo o aristocracia y el tercero o clase media constituida por abogados, comerciantes, etc. (el pueblo llano o campesinado no estaba representado.)

            Los Estados generales se habían reunido por última vez en 1614, o sea ciento setenta y cinco años antes, cuando María de Médicis desempeñaba la regencia de Luis XIII durante su minoría de edad. Después, el auge gradual del absolutismo, por obra de Richelieu, Mazarino y Luis XIV, había hecho innecesarios los Estados generales. El simple recuerdo de su existencia hubiera parecido un insulto al rey.

            Ahora el absolutismo había llegado a un punto muerto, pues el monarca absoluto no tenía dinero.

            Las clases medias que componían el tercer estado12 estaban dispuestas a aprovechar la ocasión para tomar alguna iniciativa. Al menos pagaban impuestos, y se consideraban los miembros más laboriosos y útiles de la sociedad. Detestaban al primer y segundo estados11 por parásitos, y experimentaban una vehemente ira cuando se les consideraba socialmente inferiores.

            Además las personas elegidas para representar al tercer estado12 sabían bien que en Gran Bretaña existía un cuerpo legislativo que había ejecutado a un rey y expulsado a otro, y ahora tenía una monarquía domada y limitada, al tiempo que mantenía las finanzas del reino sobre una base sólida y estable13. Por añadidura, lo que explicaba la fortaleza de Gran Bretaña era su poder legislativo14, y esa fortaleza le había permitido vencer a Francia en tres continentes.

            Los Estados generales se reunieron el 5 de mayo de 1789. el viejo sistema pres­cri­bía que cada estado12 votara como un todo. Así las cosas, la nobleza y el clero siem­­pre se impondrían al tercer estado12 por dos votos a uno, y nada podría hacerse.

            Los delegados del tercer estado12 sumaban 600, mientras que los otros dos estados12 contaban con 300 cada uno15. Los del tercero pretendían que el voto fuera individual. Unos pocos representantes liberales de la aristocracia y el clero16 podrían sumar sus votos a los del tercer estado12, y permitir con ello que prevaleciera la reforma.

            El rey acudió a los Estados11 generales, y el clero y los nobles ocuparon el lugar de honor a su derecha, mientras que el tercer estado12 se situaba a su izquierda. (Desde entonces, se viene hablando de personas de “derechas”, quienes apoyan la autoridad, y de “izquierdas”, quienes desean romper con la autoridad.)

            Cuando se puso de manifiesto que el rey no permitiría el voto individual, el tercer estado12 abandonó la sala y se constituyó en “Asamblea nacional”17 por su cuenta el 17 de junio de 1789. Algunos clérigos y nobles, ansiosos también de reformas, se unieron a la Asamblea18.

             Se rumoreó entonces que el rey se proponía disolver los Estados11 generales y devolver las cosas a la situación anterior. Estas noticias19 hicieron levantarse a las turbas20 parisienses, por instigación del periodista Camille Desmoulins (1760-1794), y se diri­gie­ron a la Bastilla21, una prisión del Estado22, situada en la capital, y que representaba el auténtico símbolo del absolutismo y despotismo regios. La toma de esta prisión se considera el inicio de la “Revolución francesa”23.

              Algunos nobles, encabezados por Charles-Phlippe, conde de Artois, hermano menor de Luis XVI, antepusieron sus intereses de clase a los de la nación, y de inmediato se convirtieron en traidores24. Abandonaron Francia a fin de lograr que ejércitos extranjeros invadiesen su país y mataran franceses25, con tal de asegurar sus privilegios.

               Por otro lado, el 4 de agosto muchos representantes de la nobleza empezaron a renunciar voluntariamente26 a sus privilegios. El 27 del mismo mes, se publicó una “declaración de los derechos del hombre”27 que incluía muchas ideas inspiradas por el sentimiento de libertad. En toda Francia los campesinos se rebelaban e incendiaban las mansiones de los nobles28 que los habían gobernado tiránicamente.

                Los días 5 y 6 de octubre, una multitud de parisienses marchó hacia Versalles con el propósito de llevar a París a Luis XVI, a María Antonieta y a los infantes reales29; en la capital podrían estar junto a su pueblo30. El gobierno jamás regresó a Versalles. Este palacio había servido como residencia regia durante ciento siete años, y tres reyes había pasado allí parte o la totalidad de sus reinados. En adelante, sin embargo, tan sólo sería un museo.

                El 14 de julio de 179031, Francia tenía una constitución32 (esto es, un documento escrito que definía el gobierno y sus poderes; algo que Gran Bretaña no tuvo33, pero que los americanos adoptaron tres años antes). La constitución establecía una monarquía limitada y un poder legislativo. Significaba que habría discusiones acaloradas, división de partidos y la clase de conflictos verbales a los que no estaban acostumbrados los franceses, a diferencia de británicos y norteamericanos.

                 Luis XVI y María Antonieta no se sentían felices con esta situación, claro está, y el 20 de junio de 1791 trataron de huir del país. Pero lo hicieron con la misma torpeza y falta de sensatez con que actuaron siempre. De modo que fueron descubiertos y devuel­tos a París. Desde el momento en que quedó claro que si hubieran conseguido salir de Francia hubieran tratado de regresar con ejércitos invasores extranjeros34, fueron conside­ra­­dos traidores y su destino quedó sellado. (Al menos Carlos I luchó contra el Parlamento con ejércitos ingleses35.)

                Mientras tanto, los demás monarcas europeos experimentaban una gran desazón. Todo aquel descontento y aquella revolución en Francia estaba dando mal ejemplo. Podía extenderse, con el consiguiente peligro para sus propios tronos e incluso para sus cuellos (seguían recordando a Carlos I de Inglaterra36).

                El 27 de agosto de 1791, no mucho tiempo después de que Luis XVI hubiera si­do obligado a retroceder y, en la práctica, permaneciera prisionero37, los soberanos de Pru­sia y Austria se reunieron en Pillnitz, Sajonia, y enviaron una advertencia a los franceses de que no debían causar ningún daño a Luis. El 7 de febrero de 1792, Austria y Prusia formaron efectivamente una alianza contra Francia. Durante medio siglo habían sido los peores enemigos, pero lo olvidaron frente a la revolución que amenazaba a ambas. La que siguió se llamó la “guerra de la primera coalición”.

                Un ejército prusiano al mando de Karl Wilhelm Friedrich, duque de Brunswick (1735-­1806), sobrino de Federico el Grande, avanzó hacia Francia38. No parecía que los franceses pudieran oponerse a la invasión39, dado que la Revolución había destruido la disciplina de sus fuerzas armadas, y que la mayor parte de sus oficiales, aristócratas, habían desertado o se hallaban presos.

                 El 10 de agosto de 1792, los aterrorizados revolucionarios40, considerando que los invasores podían rescatar de algún modo a la familia real y utilizarla para legalizar la invasión, privaron al rey de los poderes que aún conservaba y lo confinaron en un edifi­cio semejante a una fortaleza llamada el Temple. (Había pertenecido a los templarios unos cinco siglos antes.)

                 El 2 de septiembre de 1792, el pánico había llegado al punto de que las gentes encarceladas por sospechosos de traición fueron objeto de procesos sumarios y ejecutadas. El revolucionario Georges-Jacques Danton (1759-1794) encabezó este mo­vi­miento, con la esperanza de insuflar a los franceses un sentimiento de furiosa oposi­ción a la invasión. Estas “matanzas de septiembre” marcaron el comienzo del período llamado “el Terror”41.

                 Los ejércitos francés y prusiano se enfrentaron en Valmy el 20 de septiembre de 1792 (a unos 160 km. al  este de París). No llegaron a entrar en combate porque se levantó niebla42 y obligó a las fuerzas a detenerse. Los cañones franceses, manejados por expertos artilleros de baja extracción social, que no habían desertado, dispararon vi­go­ro­sas andanadas. El duque de Brunswick, que al parecer no gustaba de la lucha43, optó por retirarse.

                 Militarmente considerado, aquel hecho de armas fue una insignificancia, pero dio ánimos a los revolucionarios, que lo consideraron una gran victoria.

                 Los revolucionarios que ahora controlaban Francia eran republicanos, pero se dividían entre moderados y extremistas. Los primeros eran los girondinos, porque mu­chos de ellos provenían de la Gironda, la región de Burdeos. Los extremistas eran los jacobinos, porque se reunían en un convento de la rue Saint-Jacques44.

                El 21 de septiembre de 1792 se reunió una Convención nacional que decretó la deposición del rey. Con ello nacía la República45 Francesa. Los prusianos, que seguían indecisos, continuaron retirándose. En el Sudeste, los ejércitos franceses tomaron Niza y Saboya. En el Noreste, se apoderaron temporalmente de Bruselas46.

                Estos éxitos hicieron posible que los franceses procesaran a Luis XVI por traición en diciembre de 1792. Condenado, fue ejecutado el 21 de enero de 1793.

                Ante este hecho, Gran Bretaña (aterrorizada, y prefiriendo no recordar a Carlos I) expulsó al embajador francés. A continuación, Francia declaró la guerra a Gran Bretaña, España y los Países Bajos, y se encontró enfrentada prácticamente a toda Europa47.

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