Antecedentes hispánicos a la democracia y el liberalismo

           

Los celtíberos tomaban sus decisiones políticas en asambleas populares. Es posible que igual hicieran iberos y celtas, puesto que hay similitudes el mundo bereber y griego, y en centroeuropa. Los romanos asimilaron dicho comportamiento a su estruc­tu­ra política, que contaba con antecedentes comunes, hasta llegar a corromperla bajo la dictadura imperialista. Los "bárbaros" del Norte y Este europeo elegían a sus reyes (je­fes militares) igual que hacían los vikingos y se continuaría en el  I Reich  o Sacro Impe­rio Romano-Germánico. Al hacerse estrictamente hereditaria la monarquía acabó con ta­les antecedentes. De esta forma se interrumpe una tradición ancestral, que sitúa a Es­pa­­ña entre los más primitivos antecedentes de la democracia, senda que no volverá a ser transitada sino a partir del liberalismo, como se indicó en el artículo anterior, titulado "Pero… ¿qué democracia?". Aunque resulta de justicia intercalar un preludio de sufi­cien­te entidad: en 1.640 se proclamó la República Catalana, la primera española, inde­pen­dizándose de los reinos de Felipe III y Felipe IV. Veinte años se precisaron para restaurar la integridad nacio­nal, si bien es cierto que la República Catalana recibió ayuda de Luis XIII y Luis XIV de Francia, con sus Primeros Ministros, los cardenales Armand Jean Du Plessis, Duque de Richelieu, y su colaborador, Jules Mazarin, sin duda como fase previa a una posterior anexión francesa. Lo que resulta innegable es que ha sido la más prolongada experiencia republicana española.

El primer pseudoliberal hispánico fue Pablo de Olavide. Nació en Lima, se doctoró en teología con 15 años, y, más tarde, se doctoró en derecho civil y en derecho canónico, llegó a ser catedrático de teología, por oposición, y Oidor de la Audien­cia de su ciudad natal, posiblemente todo ello, o casi todo, conseguido mediante sobornos de su padre. Explicó el terremoto de 1746, que destruyó casi por completo la ciudad de Lima, mediante métodos científicos, como un fenómeno natural, lo que causó desagrado entre las autoridades eclesiásticas. Se enriqueció comerciando, igual que hizo su padre, al parecer no siempre con honradez. Llegó a Sevilla huyendo de sus acusadores, pero el fiscal de Indias lo encarceló, confiscando todos sus bienes, y los de su padre. Debido a sus contactos con la aristocracia, y a lo que podría revelar sobre el corrupto gobierno virreinal, se ordenó su libertad y el silencio de la causa, sin dictarse sentencia, aunque no se le devolvió lo confiscado. Para rehacer su fortuna se casó con una viuda rica, veinte años mayor que él, utilizando parte de su nuevo capital para ingresar en la Orden de Santiago, en la que pretendía codearse con la aristocracia, mediante sobornos. Abandonó a su esposa para viajar por Europa, haciéndose amigo de Voltaire. Volvió a España trayendo 2.400 libros, muchos de ellos prohibidos por la Inquisición, lo que le costó ser vigilado por sus oficiantes.

El Conde de Aranda –amigo de Voltaire y otros revolucionarios franceses, Primer Ministro tras el motín contra Leopoldo De Gregorio, Marqués de Esquilache- lo nombró Asistente (cargo superior al de Corregi­dor) de Sevilla e Intendente (cargo imitación del francés, traído por los borbones, que aunaba los actuales de gobernadores civiles y militares y delegados de la Hacienda Pública) de Andalucía, con la intención de que colonizara Sierra Morena, desde Jaén (la Carolina) hasta Sevilla (La Luisiana) así como en territorios del Reyno de Sevilla en la actual provincia de Cádiz (Prado del Rey) con extranjeros, catalanes y valencianos, para ser modelo para las poblaciones vecinas, asegurar la comunicación con Madrid libre de bandolerismo, redistribuir la tierra en explotaciones muy rentables y tecnificadas, y crear industrias fabriles en 1767. Impuso en las nuevas poblaciones la obligatoriedad de la asis­ten­cia a la escuela primaria de los niños. Se le enfrentan los agricultores del entorno, de­bi­­do al reparto gratuito de tierras y facilidades para el comercio de sus productos agra­rios, debido a la cercanía del Camino Real, lo que consideran una competencia injusta pa­ra ellos. Y también con los grandes ganaderos, que le acusan de roturar las tierras uti­li­zadas ancestralmente como pastizales públicos gratuitos.

En esa época se decretó la di­so­lución de la Compañía de Jesús, encomen­dán­do­se­le que supervisara la confiscación de sus bienes. A dicha Compañía se le acusaba de haber tomado parte en el motín contra Esquilache, monopolizar la enseñanza impidien­do el avance científico y la llegada de las nuevas teorías extranjeras, y acaparar el co­mer­cio y la riqueza americanos. Pero, en realidad, fue un acuerdo conjunto de las casas de Borbón en todos sus reinos y en Portu­gal, puesto que temían la propagación de las tesis del judío de origen hispano-portugués Spino­za, que justificaba el asesinato de los tiranos, si no había otra forma de derro­car­los, que habían aceptado los filósofos jesuitas, y la obediencia personal al Papa, lo que era contrario al galicanismo y jansenismo, que proclamaban la preeminencia del rey en asun­tos terrenales, que había seguido los carde­na­les Richelieu y Mazarin. Además, claro está, de la inmensa fortuna que habían amasa­do, lo que despertaba todo tipo de codicias, sobretodo en una época en que las guerras habían arruinado a Europa.

Al mismo tiempo redactó informes sobre la reforma universitaria, docente y de las enseñazas medias (rompiendo el monopolio eclesiástico) la libertad de comercio, restricciones a las normativas de los gremios limitadoras de la competencia, la reforma agraria, la limpieza de Sevilla, contra los fraudes a la Hacienda Real, la escasez de alimentos, los carnavales sevillanos y el exceso de procesiones durante todo el año por la ciudad. Con ayuda del arquitecto Molviedro destruyó la mancebía de la barriada de "La Laguna", edificando sobre sus solares y zonas desecadas el rico barrio tras del arenal, a imitación de lo que siglos atrás se hizo Alameda de Hércules sobre el cauce del Guadalquivir, desviado por Leovigildo para rendir la ciudad, sublevada por su hijo San Hermemnegildo, alentado por el obispo San Leandro, y con la oposición del hermano de éste, San Isidoro. Construyó el Paseo de Las Delicias, entre las desembocaduras de los arroyos Tagarete y Tamarguillo, nombre quizás en recuerdo de la finca de Voltaire en la que había residido. Rotuló las calles de Sevilla con azulejos, muchos de los cuales aún permanecen. Autorizó las representaciones teatrales, prohibidas desde hacía más de un siglo por la Inquisición, edificando el teatro de la Plaza del Duque. En su tiempo se representaron 600 obras, algunas de ellas francesas, traducidas por él mismo.

Que había traspasado los límites de la Ilustración, para entrar en el sendero revolucionario del enciclopedismo, lo prueba que fuese denunciado ante la Inquisición por un capuchino alemán, uno de los directores espirituales de las nuevas colonias de Sierra Morena, por haber autorizado el teatro y los bailes de máscaras (en realidad lo que hizo fue reglamentarlos, con lo cual les dio oficialidad) obstaculizar las procesiones religiosas, poseer libros prohibidos, romper el monopolio eclesiástico de la enseñanza. A consecuencia de ello, a partir de 1776, pasó dos años en cárcel secreta, incomunicado, como en Guantánamo actualmente, mientras se le "juz­gó". Olavide fue condenado en 1778 por "hereje, infame y miembro podrido de la Religión" a ocho años de reclusión en un convento, recibiendo enseñanza diaria de religión por un director de conciencia, rezar el rosario, ayunar todos los viernes de un año, leer al fraile Luis de Granada, y la confiscación de todos sus bienes, pena accesoria a todos los que aceptaran los cargos inquisitoriales. Negarlos conllevaba la tortura. Es decir, que el primer protoliberal español, topó con la iglesia por oponerse a su monopolio de la enseñanza, y con los grandes hacendados por la reforma agraria. Los eclesiásticos hicieron circular un libelo contra él titulado "Vida de don Guindo Cerezo", prohibido judicialmente por injuriar a un fiel servidor del rey. Es una de las constantes de los contrarrevolucionarios españoles: cuando derrotan a los progresistas no sólo los condenan en juicios injustos, sino que los denigran y calumnian. Cuando logró escapar, a pesar de padecer gota, en 1779,  huyó a Paris. Se interesó por la Revolución Francesa, y fue nombrado ciudadano de honor por la Convención, pero, bajo el régimen del terror de Robespierre, en 1794, fue apresado como sospechoso, durante nueve meses, por su condición de extranjero y ostentar un título nobiliario, que era falso. Así que “apostató” de sus veleidades pseudolibe­ra­les y defendió el cristianismo: el castigo inquisitorial produjo su efecto.

Godoy es el segundo anteceden­te. Entró en palacio como cadete de la Guardia de Corps real, en 1784. Su hermano Luis, también Guardia de Corps, había sido desterrado de la corte por mantener relaciones con la Infanta María Luisa. Al poco tiempo, al parecer por sus amoríos con la fea reina española, María Luisa de Parma, que debía estar insatisfecha de las atenciones de su esposo, Manuel Godoy ascendió a Sargento Mayor de la Guardia, a General de Brigada, Comendador de la Orden de Santiago (tal vez con iguales propósitos que Olavide) Mariscal de Campo, Consejero de Estado, cargo en el que era el único sin título de nobleza, por lo que se le nombró Duque de Alcudia y Grande de España (los más elevados de la nobleza españo­la, salvo los reyes y sus hijos; este nombramiento también puede estar relacionado con la enemistad que la reina sentía por la Duquesa de Alba, también Grande de España, por su belleza, donaire, vida casquivana y éxito con los hombres) secretario de la reina, Ca­pi­tán General, y en 1793 sustituyó al Conde de Aranda como Primer Ministro. Más exactamente como "Ministro Universal". Dicha sustitución fue debida a que su antecesor, tras haber pac­ta­do con el gobierno revolucionario francés (lo que lo sitúa también como otro ante­ce­­den­­te del liberalismo español: se sospecha que los tres eran miembros de la masone­ría) sin ningún éxito, cedió a las potencias europeas, que exigían que España se inte­gra­se en la alianza contrarrevolucio­na­ria.

Godoy, para evitar la guerra, ofreció un soborno a la Convención francesa a cambio de la libertad de Luis XVI, pero, tras su pago, el rey francés fue guillotinado. Así que no tuvo más remedio que iniciar la guerra para recuperar su prestigio, consiguiendo un inmenso apoyo popular. Las tropas españolas consiguieron conquistar hasta Perpi­ñán, en la Cataluña francesa. Pero a la muerte del eficiente y enciclopedista General Ricardos (que había participa­do en el infructuoso in­ten­to de la reconquista de Gibraltar, en tiempos de Carlos III) que comandaba la expedi­ción, mientras solicitaba re­fuer­zos, presagiando la derrota si no se remitían con rapidez, los republicanos recon­quis­ta­ron todo el suelo francés, y tomaron Figueras, Rosas y Guipúzcoa, abriéndose paso hacia Miranda de Ebro, en la ruta hacia Madrid. El ejército español consiguió una situación de reequilibrio, lo que permitió la firma de la Paz de Basilea, junto con los prusianos, que también habían sido derrotados, entregán­do­se Santo Domingo y algunas concesiones económicas a cambio de la devolución de los terrenos peninsulares que los revolucionarios aún conservaban. Por tal hecho se le nombró Príncipe (título de siempre reservado al heredero a la corona, lo que puede indi­car las aspiraciones de Godoy) de la Paz, y recibió siete Gran­des Cruces de la orden de Car­los III.  Se sospecha que Godoy era el padre del futuro Fer­nan­do VII, nacido el 14 de octubre de 1784: la cabeza re­don­deada y pequeña nariz de ambos así parecen indicarlo, al contrario del cráneo pequeño y nariz y orejas prominentes de Carlos IV y Carlos III. Sin embargo, en 1818, durante una enfermedad de Godoy, que parecía mortal, y quizás celoso de los cuidados de Carlos IV, ordenó que se le informara que seguía siendo amante de su madre, y que eran hijos suyos los Infantes Isabel y Francisco de Paula, sus presuntos hermanos, lo que llevó a Carlos IV a informar asu hermano, el rey de Nápoles, que iba a tramitar la anulación de su matrimonio y el testamento de esta, que lo legaba todo a favor de Godoy, lo que no llegó a materializarse al morir esta el 2 de enero siguiente.

Todo esto podría expli­car el odio del futuro rey a Godoy, a su antecesor regio, y a su her­ma­no menor, Carlos Ma­ría Isidro, que no parece que fuera hijo de Godoy (la reina parió 14 hijos y diez abortos: me refiero a los nacidos muertos, no a los engendros que sobrevi­vie­ron) consiguiendo senti­mien­tos recíprocos de todos ellos. Todo lo cual tendría in­fluen­cia en el amotinamiento de Aranjuez, la entrada de la dinastía bonapartista en Es­pa­ña y las guerras carlistas. El pueblo llamaba a Godoy "El Choricero", por parecerse al cuadro de Veláz­quez de la serie de "personajes populares", en los que retrató a bufones, contrahechos, de­for­mes, enanos, subnormales y otros desdichados que se ganaban el sus­tento sonsa­can­do las burlas de las gentes, u oficios peculiares, como "El Cu­chi­lle­ro", o el primera­men­te indicado, ambulantes, y, por ello, vagabundos, sin residencia ni familia conocida, por lo que también resultaban una suerte de marginados sociales. Más tarde Godoy fue nombrado Regidor Perpetuo de Madrid, Cádiz, Málaga y Ecija, caba­lle­ro vein­ti­cua­tro de Sevilla, Al­mi­ran­te, Generalísimo (la primera vez que se utilizó este título en Es­paña) y Presidente del Consejo de Estado, con tratamiento de Alteza Serení­si­ma, es de­cir, el que se reservaba a los reyes, lo que parece evidenciar cuál era su real aspira­ción. Sus lacayos llevaban el mismo uniforme que los del rey y éste, cuando le visitaba en su casa, le ayudaba a vestirse. Se casó con una Infanta, prima del rey, futura Condesa de Chinchón.

El Abate Muriel inició el vilipendio del favorito, para lo que había motivos sobra­dos. La embajada francesa de la época informa del enriquecimiento del "aventure­ro" Godoy a base de regalos de la "reina lasciva", a cargo del Tesoro Público. Sin embargo el mejicano Carlos Pereyra, al publicar las cartas confidenciales en­­tre ambos, pone en duda tales acusaciones, que califica de calumniosas. Algunos his­to­­ria­­do­­res justifican el ascenso del ambicioso Godoy en el deseo de Carlos IV de salirse del corsé heredado de su padre, cuyos ministros habían entretejido fuertes "partidos po­lí­ti­cos" (en un sentido oculto, distinto a como los entendemos ahora, en una época en la que no existían más elecciones que el real designio) en los que basaban su poder, presio­nan­do a los monar­cas en uno u otro sentido. Es notorio que Carlos IV era propenso a las depresiones, como lo fueron su pa­dre y su abuelo, Felipe V. Más aún que ellos, sentía an­gus­tia por tomar decisiones polí­ti­cas y que le forzasen a hacerlo. Parece razonable que delegase todas sus funciones en alguien dispuesto a asumir toda la responsabilidad, sin preguntarle ni atosigarle, alguien que se lo debiera todo a él, por lo que pudiera otorgar­le plena confianza, sin temer su deslealtad o la anteposición de sus intereses pri­va­dos, de sus familias o señoríos. Para ello debía encumbrarlo suficientemente como pa­ra situarlo por encima de cualquier presión, conjura o maquina­ción en su contra. Pero la ambición de Godoy era ilimitada. Como gobernante, debido a la oposición británica a la Paz de Basilea, temió el ataque a las colonias, lo que le llevó a (o justificó) una alian­za con los revolucionarios.

También debió influir en ello la reina, puesto que su hija María Luisa estaba casada con su primo, heredero al Ducado de Parma, y Napoleón estaba deponiendo a toda la aristocracia de la península italiana, sustituyéndola por Repúblicas liberales, con lo que obtenía entusias­mo popular, que le favoreció para derrotar reiteradamente al Imperio Austríaco. Por otra par­te la monarquía había llegado al mayor de los descréditos, y surgió un movimiento re­publicanista en España, que se materializó en la conspiración de Alessandro Malaspi­na i Melilupi, Bri­ga­dier de la Armada y héroe de la expedición de su mismo nombre, que recorrió todo el imperio español, informando de la corrupción e ine­fi­ca­cia virreinal y proponiendo reformas (había sido juzgado por la Inquisición, aunque fue declarado ino­cente) al que Godoy condenó en 1795 a diez años de prisión por cons­pi­ra­dor y revolucionario (una pena leve para lo que se estilaba en su época por tales delitos) aunque debió excar­ce­larlo en 1805 por presiones de Napoleón, lo que parece indicar que el Directorio francés estuvo im­plicado en el nuevo intento republicanista. Con tal pacto tal vez pretendiera atajar a los republicanos, afianzando la monarquía de la que era tan deudor, y que quizás ambicio­na­se para sí mismo. La derrota de la flota española en el cabo de San Vicente en 1797 y la conquista inglesa de la isla de Trinidad supusie­ron un rudo golpe para su futuro, que consiguió atemperar con las vic­to­rio­sas defensas de los asedios de Cádiz, Puerto Rico y Tenerife, en el que el Almirante Nelson perdió un brazo. Semejante recupera­ción de apoyos no satisfizo al Directorio francés, que ya tenía planes de anexionarse Es­pa­ña, por lo que ini­ció intrigas contra él, negociando la paz con el Imperio Británico sin informar siquie­ra a España.

Godoy redu­jo los monopolios gremiales, apoyó la ley agra­ria (el 70% de la población española, en esa época, dependía de la actividad agropecuaria,a su vez relacionada con la climatología, o la pesca) suprimió algunos impuestos, a pesar de las dificultades económicas que las sucesi­vas guerras supusieron, e integró en su Gobierno a los más preclaros ilustrados, como a Jo­ve­lla­nos, como Ministro de Justicia, Venegas Saavedra (que, posteriormente, tomaría parte en la batalla de Bailén) como Ministro de Hacienda, Cabarrús (uno de los funda­do­res del Ban­co de San Carlos, ante­ce­de­n­te del Banco de España) como embajador en París, Me­lén­dez Valdés o Urquijo, un rousseauniano anticlerical. Mantuvo a raya a la Inquisición, aunque a veces la utilizó en su beneficio. Suprimió la censura, dejando entrar en España los libros enciclopedistas. Autorizó el retorno de los judíos. En el aspecto cultural y educativo su labor superó la de ningún otro periodo anterior: fundó el Jardín Botánico de Madrid, la primera Escuela de Sordomudos, y la Superior de Medicina, el Colegio de Medicina, el reglamento de médicos y farmacéuticos, el Observatorio Astronómico, apoyó diversas publicaciones y expediciones botánicas, y protegió a Goya. Incluso aprendió el lenguaje de signos para poder conversar con él. Al volver Olavide a España, en 1798, le ofertó cargos que él rehusó.

Napoleón ofreció a la Duquesa de Parma el nuevo reino de Etru­ria, que formaría parte de las posesiones familiares de la monarquía española, a cam­­bio de La Luisiana, un inmenso territorio entonces limítrofe con los expansivos Es­ta­dos Unidos de América (ce­di­do anteriormente a España por Francia que, por enton­ces, carecía de flota para en­fren­tar­se a la británica, por lo que no podría mantener en solitario tales dominios, en compensación de La Florida, cedida a Gran Bretaña como in­dem­ni­za­ción por haber co­la­bo­ra­do con Francia en las guerras norteamericanas: más tarde tales pactos se anula­rían mediante el Tratado de 1.819) la colaboración de la flota española, a pesar del desastre de San Vicente, que obligó a re­cons­truir­la con nuevos bu­ques y marinos inexpertos, en su lucha contra el Imperio Bri­­tá­­ni­­co, y a invadir Portugal, aliada de éste. Es decir, un pacto absolutamente dispara­ta­­do, desequilibrado, desproporcionado, que sólo puede explicarse por la situación de aco­so que Godoy padecía, su necesidad de aliarse con Napoleón para consolidarse en el po­der, y la preeminencia de sus ambiciones personales sobre cualquier otra considera­ción. El ejército español penetró en Portugal, mientras el luso se replegó sin oponer resistencia. A la vista de un valle con naranjos en flor Godoy cortó unas ramas con azahar y se las remitió a la reina, por lo que esta campaña, de sólo 16 días, ha pasado a la historia como “La Guerra de las Naran­jas”. Los portugueses pidieron la paz cediendo la plaza de Olivenza, y algún territorio al otro lado del Guadiana, comprometiéndose a cerrar sus puertos a los británicos.

No quedó conforme con tal resultado Napo­león, entonces Primer Cónsul de Francia, que se anexionó la Guayana (desde entonces francesa) y nombró a su hermano Luis Luciano Bonaparte embajador en España. Buscando una victoria más decisiva, y en venganza por el colapso del comercio americano, interceptado por los británicos desde la isla de Trinidad,  en 1805 la nueva flota española fue aniquilada por el Almirante Nelson -quien perdió la vida en la acción- en el cabo Trafalgar, mientras la francesa, escudada en una línea de combate paralela a la española y a la costa, a pesar del riesgo que podían significar los arrecifes en una mañana de niebla, resultó indemne. La pérdida de esta segunda flota, sin tiempo, recursos ni marinos experimentados, para rehacerla, haría imposible la defensa de un imperio ultramarino, como se vería en poco tiempo. Sin la asistencia de la marina española, la flota francesa era insuficiente para enfrentarse al poderío británico. Napoleón propuso un re­par­to de Portugal en tres trozos: el norte sería para los reyes de Etruria, cuyo territorio se lo habían anexionado los franceses, el centro para compensar a España por la pérdida de Gibraltar y algunas colonias americanas, y el sur para el Gene­ra­lí­si­mo, con el título de Príncipe de los Algarves. La invasión la iniciaría un ejército francés, al que seguiría el español. Mientras tanto, en un doble juego, Napoleón sonsacó al Príncipe de Asturias a rebelarse contra el rey. Godoy descubrió la trama del partido fernandista, pero el Príncipe heredero, tras delatar a todos los conspiradores, fue perdonado, junto con todos los demás, por el Consejo de Castilla, dominado por sus partidarios,  en el llamado proceso de El Escorial, lo que terminó de desacreditar al Generalísimo. Mientras tanto las tropas franco-españolas conquistaron Portugal. En su camino los franceses fueron ocupando todas las fortalezas españolas, entre ellas Pamplona y Barcelona, claves para defender la frontera, haciendo imposible la resistencia. El Príncipe ofreció en matrimonio a su hermana María Luisa, entonces viuda, la destronada Duquesa de Parma y Reina de Etruria, al nuevo Emperador. Pero éste requería un matrimonio mucho más ventajoso. Alarmados por la situación, los reyes decidieron embarcar para América, como había hecho la familia real portuguesa, rumbo a Brasil. El Príncipe here­de­ro aprovechó la situación para instigar el motín de Aranjuez el 17 de Marzo. Los reyes se comprometieron a no salir de España y Godoy fue encarcelado, salvando la vida gracias a la intervención del General francés Murat.

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