Pero… ¿qué democracia?

   

         La democracia, tal como la conocemos hoy en día, es decir, un voto por cada persona, es un invento reciente. Se parece más a lo que Karl Marx denominó, realizando un juego de palabras, “dictadura del proletariado”, que a lo que definió como “democra­cia burguesa”, que era la que existía en su época. Semejante afirmación, requerirá, sin du­da, que se justifique. Marx era doctor en filosofía, por más que sus innúmeros escritos se internen en la economía, la política, la sociología, la historia, la crónica periodística, la antropología o el derecho. Desde que comenzó sus estudios de derecho, para pasarse después a la filosofía, se integró en la corriente filosófica dialéctica, novedosa en aquel tiempo, aunque nunca la aceptó en su integridad, sino que criticó sus premisas de parti­da (el idealismo, la preexistencia de un Ser Superior que dirigía y determinaba la Historia de la Hu­ma­ni­dad, en línea con el pensamiento de la Iglesia Reformada o “protestante” lutherana) que la llevaban, irremediablemente, a conclusiones erróneas. Así formó parte de los “jóvenes hegelianos”, estudiantes universitarios que aceptaban y criticaban, al mismo tiempo (actitud ciertamente dialéctica) dicha filosofía. A partir de entonces el movimiento se politizó y radicalizó, constituyéndose lo que denominaron “hegelianos de izquierda”.

De ellos surgió una escisión que se autodenominó “hegelianos críticos”, que influiría decisivamente en los “proudhonistas” o anarquistas franceses y la socialde­mo­cra­cia. Marx atacó dicha corriente en un libro que subtituló “Crítica de la crítica crí­ti­ca”, argumentando que su aparente radicalidad llevaba a situaciones irresolu­bles, a la conclusión de que nada podía cambiarse, y que solo cabía caer en el reformis­mo, la apatía, o la espera de que la revolución llegara por sí misma, como por encanta­mien­to, por un proceso inexorable predeterminado o de actos voluntaristas, minorita­rios, desor­ga­ni­za­dos, acientíficos, al margen del análisis de la realidad socioeconómica. Por esta época surgió otro movimiento, deno­mi­na­do materialismo, que se oponía a la dialéctica, y que influyó en el autodidacta En­gels, fervoroso amigo, admirador y protector de Marx. Este demostró que sus bases filo­só­fi­cas eran puramente dialécticas, que, bajo una apariencia materialista, anti­idealis­ta, en realidad subyacía un substrato de idealismo, y que sus análisis no eran certeros por­que obviaba el evolucionismo (antes de que Darwin publicara sus conclusio­nes) históri­co, que hacía relativas las situaciones a sus circus­tan­cias espacio-tempora­les (antes de que Einstein hubiera nacido) aunque admitió sus aspectos positivos, puesto que resol­vía algunos puntos que nunca había aceptado res­pecto de la dialéctica hege­lia­na. En base a ello a ambos amigos se les ocurrió que el materialismo no era opuesto a la dialéc­ti­ca, sino que ambas escuelas eran compatibles, e incluso complementarias. Así que de­sa­rro­lla­ron un nuevo método de análisis o corriente filosófica que denominaron materia­lis­mo-dia­léc­ti­co.

Un subproducto del mismo, al aplicarlo al análisis histórico, es el denominado materialismo histórico. Mediante él se concluye, por ejemplo, que los Reyes Católicos apoyaron  la expedición de Xristophoro Colombo, no porque quisieran bautizar a indios y chinos, como se recogía en la documentación oficial, sino para conseguir una ruta más corta (los geógrafos bien ilustrados y la realidad demostró que era falso) y más barata para romper el monopolio genovés, turco y mongol, o portugués, de las especias. Y ello porque la realidad va más allá de las justificaciones idealizadas. Hoy se acepta sin discusión ninguna el materialismo histórico sin reconocer su denominación, su autoría o sus vin­cu­la­cio­nes con el análisis marxista. En tal época la democracia existente era la “demo­cra­cia censitaria”, que Marx llamó “democracia (falsa) burguesa”. Mediante ella sólo tenían derecho a voto los que pagaran una determinada cantidad de impuestos. Esto excluía a los trabajadores, que carecían de propiedades inmobiliarias o capitales para generar tales impuestos, a la aristocracia y a la Iglesia, que eran clases “francas” o exentas de impuestos. Es decir, la llamada “democracia burguesa” era, en realidad, una auténtica dictadura de una minoría -la clase burguesa- que imponía sus intereses a los de las demás clases sociales. Al mismo tiempo suponía un estímulo a nobleza y eclesiásti­cos a que renunciaran a sus privilegios, exenciones, de clase, conforme el liberalismo se fue consolidando, demostrando su supremacía, si querían influir en las decisiones políti­cas. A consecuencia de ello, conforme aristócratas y eclesiásticos fueron compren­dien­do que la propiedad capitalista era más rentable, especialmente en la Banca, en la que se fueron integrando los mayores títulos nobiliarios, las compañías de seguros, las fábricas, el comercio ultramarino y las grandes extensiones agrarias explotadas con métodos modernos, propiamente capitalistas, la clase social dominante fue integrándose de ele­men­tos que, en principio, le eran extraños.

La burguesía llegó a confundir sus intereses con la aristocracia y la Iglesia, haciéndose reaccionaria, contrarrevoluciona­ria, una vez que no necesitaba conquistar el poder, sino impedir que los obreros lo to­ma­ran. Los conservadores asumieron postula­dos típicamente liberales, y el liberalismo decayó, hasta que llegó a ser asumido como ideología por la antigua socialdemocracia, antes revolucionaria. Como contraposición, método típico del análisis dialéctico, Marx defendía lo que, mediante un juego de pala­bras, llamó “dictadura (falsa) del proletariado”, o gobierno de la mayoría sobre la mino­ría, imponiendo sus propios intereses de clase a las demás clases sociales. Semejante pa­ra­do­ja, mal explicada, no ha sido comprendida por la mayoría, tanto por los abusos que de ella hicieron los “stalinistas”, como por la tergiversación interesada que han hecho de ella los que se oponen a los análisis marxistas. Es como cuando se critica la frase de que la religión es el opio del pueblo, ocultando que continúa comparándolo con el bálsamo y otras medicinas de la época, que aliviaban los dolores al tiempo que adormecían a los enfermos (produciendo habituación o dependencia, habría que añadir) subrayando sus efectos, contrastados, contrarrevolucionarios, con lo que se deja en una especia de insul­to, de simpleza, que se presenta como absurda, acientífica. Por qué el voto libre, univer­sal, no ha llegado a ser revolucionario en la mayoría de los países fue observado, por primera vez, en Estados Unidos, donde la desidia, las grandes distancias en las explota­cio­nes agrarias, la esperanza de enriquecimiento, la constatación de la capacidad propa­gan­dís­ti­ca, la estupidez anarquista, la corrupción ilimitada de todos los estamentos go­ber­nan­tes, y el velo ocultador de los planteamientos religiosos e ideologizantes, impe­dían un voto coherente, a favor de sus intereses de clase.

Parecidas circunstancias se demostraron en Gran Bretaña, donde las multitudes exigían en voto universal masculino. Cuando los laboristas estaban a punto de alcanzar el poder se comprendió que el voto femenino, más conservador, religioso, indocumenta­do (las mujeres leían menos publicaciones, especialmente las sindicales y políticas) y menos obrerista, se lo impediría, por lo que se otorgó el voto femenino con dichas consecuencias. Cuando los laboristas llegaron al poder lo hicieron mediante pactos con la burguesía, durante la I Guerra Mundial, olvidando sus objetivos revolucionarios. En cambio la socialdemocracia no lo olvidó completamente, por lo que el II Reich o Impe­rio Alemán se dedicó a reprimirla. El fascismo y el nazismo también comprendieron que, en determinadas circunstancias de desempleo, angustia y desesperanza, los obreros pueden ser fácilmente manipulables. Así que los usaron, precisamente para acabar con la democracia y los sujetos más peligrosos contra el orden establecido. Hoy la propaganda ideológica consigue que amplias multitudes de trabajadores voten contra sus propios intereses, admitan las imposiciones neoliberales como si no hubiese alternativa posible. Hasta el punto de que se usa la “imposición de la (falsa) democracia” como justificación de invasiones, para falsificar procesos electorales con fuerzas de ocupación, prohibiendo la participación de candidaturas que no acepten los “derechos” de los invasores o el derecho al voto (como se hace en Israel, los Estados bálticos, Bosnia, Croacia, etc.) de los que no gustan. Si, aún así, vencen los que no se desea, a pesar de la propaganda pseudodemocratizadora, se mantienen las tropas de ocupación “humanitaria”, como en Irak o Haití, o se imponen bloqueos económicos, como a Palestina, mientras se permite que Israel, Marruecos o Estados Unidos incumplan las resoluciones de la Organización de las Naciones Unidas, incluso sobre derechos humanos, sin imponerles ningún tipo de sanción o bloqueo económico.

  Así la “democracia burguesa” constituye, tal como Marx comprendía, una etapa necesaria, imprescindible, para alcanzar la auténtica democracia o “dictadura del proletariado”. A pesar del riesgo de que, como toda forma ideológica superior, tuviese mejores posibilidades de engatusar a las masas. A su vez la “democracia burguesa” es consecuencia de un movimiento político-ideológico que hoy denominamos liberalismo, y que en su origen, aún sin una formalización coherente, se incluyó, como propaganda encubierta, en múltiples enciclopedias, que trataban de divulgar los progresos de la técnica y las ciencias (incluida la filosofía y el análisis del derecho) de la época, comenzando por la de Diderot y D’Alembert.

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